Ámbar y sus victimarios

Pedro Fierro Zamora
Director de Estudios de Fundación P!ensa

Con sólo 11 años, Lissette no mide más de metro y medio. Tiene su tez muy blanca y el pelo claro. Su personaje favorito es Barney, aquel dinosaurio morado algo excéntrico que baila y enseña con juegos y canciones. La ternura inherente a su rostro se vio ultrajada desde el comienzo de su vida. La pequeña tenía sólo 6 meses cuando su padre amenazó con tirarla desde un segundo piso en una de sus comunes peleas matrimoniales. Quizás por otras experiencias similares comenzó a tomar tempranamente ciertas actitudes de rebeldía. Quizás fueron los golpes descubiertos por sus tías del jardín. Quizás fueron los abusos sexuales de su mismo padre, denunciados por Solange, su hermana mayor. Como sea, su incipiente desobediencia comenzó a transformarse con los meses en una agresividad más intensa. “Ni entre tres profesores podían contenerla”, declaraba hace poco su madre. Fue allí cuando comenzaron los medicamentos y los sedantes. Lissette no medía más de metro y medio, pero las funcionarias del hogar donde ya la habían enviado debían utilizar la fuerza, envolverla en frazadas y hasta amarrarla para tranquilizarla. Fue así como un 16 de abril de 2016 un par de cuidadoras la redujeron poniéndola boca abajo en el suelo. Le sujetaron las piernas y la inmovilizaron sentándose encima con sus 90 kilos. “Asfixia por sofocación producto de comprensión mecánica externa”, terminó siendo la causa de muerte de la pequeña Lissette. Paradójicamente, se acababa su calvario.

Lo más probable es que casi todos hayamos conocido esta historia. Nos conmovimos profundamente con ella y, al final, la olvidamos.

La “Weli”, como le llaman cariñosamente sus vecinos a Elena Pricinger, es una anciana de 78 años. Aunque para ser sinceros, no se puede saber a ciencia cierta su edad, pues no cuenta con un carnet de identidad que lo avale. Es uno de esos entrañables personajes fuera del sistema. El problema es que su marginalidad no se reduce a su carencia de documentación. Vive en la toma San Francisco, en la comuna de San Bernardo, la cual el verano pasado llegó a tener más de 9 incendios en un sólo mes. La Weli no lo pasa bien allí. No tiene acceso a agua potable y está en un estado de abandono absoluto. Sólo sus vecinos se preocupan algo de ella. Su salud tampoco ha andado del todo estable. Se sospecha una diabetes descompensada y cataratas. Tiene una hernia en el abdomen, una muñeca fracturada y una herida cortopunzante infectada en la pierna. Probablemente esta última fue producto de los abusos de sus propios hijos, quienes, drogados, acostumbraban a pegarle y robarle lo poco que tenía. El 13 de febrero de este 2018, uno de los tantos incendios que azotaban su toma la sorprende en su estado habitual de abandono. Ese mismo día la encuentran calcinada entre los escombros y la basura. Paradójicamente, se acababa su calvario.

Esta historia fue menos popular. Como bien mencionaba un columnista hace pocas semanas, entre nuestro Oscar y la ley de identidad de género la Weli ni siquiera apareció en la prensa. Aun así, algunos la conocimos, nos conmovimos con ella y, finalmente, la olvidamos.

Tal como Lissette y la Weli, Ámbar vivió marginada e invisibilizada. Mientras estábamos tan preocupados de ser el país ejemplo del vecindario y de llegar rápido a los 30 mil dólares per cápita, Ámbar murió sin redes de apoyo, inmersa en la profundidad del abandono. En el fondo, esto lo tenemos bastante claro y, por eso mismo, nos duele el alma cuando conocemos los detalles de su miserable corta vida. Quizás es ese insoportable dolor el que nos lleva a exigir la horca para el monstruo que terminó asesinándola, como si eso terminara exculpándonos de nuestra propia responsabilidad.

Lo cierto es que conoceremos esta historia, nos conmoveremos con ella y, finalmente, en su gran mayoría terminaremos por olvidarla. Quiera Dios que no sea así, al menos por esta vez.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el domingo 6 de mayo de 2017