Bien muerto el perro (y el diálogo)

Pedro Fierro Zamora
Director de Estudios

Momentos críticos se viven en nuestra política chilena.

Hace pocos días se daba a conocer un video donde el diputado del Frente Amplio, Gabriel Boric, recibía una polera de regalo con la cara baleada del senador Jaime Guzmán. Pese a que luego se declaró sorprendido, lo cierto es que se veía bastante cómodo. El parlamentario rió y mostró el “democrático” obsequio con agradecimiento a la cámara que lo filmaba, mientras celebraba la iniciativa con un lolero “bueeeena” y un futbolero “aguante”. El momento se hizo viral en las redes sociales, casi tanto como el polémico obsequio de Roberto Fantuzzi al ministro Céspedes el 2016, cuando el progresismo chilensis estalló en ira con muchos “hashtags” y “trendic topics”. Aquella vez, el mismo Boric trataba a quienes dieron y recibieron el regalo de “pelotudos”. Entonces era una muñera inflable, hoy era una polera burlándose de un senador asesinado en democracia. Casi lo mismo, ¿no?

Pero tratándose del diputado magallánico, el tema del obsequio era complejo, pues sólo semanas antes había reconocido su visita a Ricardo Palma Salamanca, juzgado y condenado por asesinar al senador gremialista. Junto a la diputada Maite Orsini –también del Frente Amplio– habían decidido tomarse un café en Paris con quien, en 1996, escapara en helicóptero de la cárcel de máxima seguridad junto a otros frentistas.

Considerando lo anterior, lo ocurrido esta semana con Marisela Santibáñez no es asunto baladí. En una sentida intervención en la Fiesta de los Abrazos del Partido Comunista (¡vaya paradoja el nombre de la actividad!), la diputada del PRO declaró su molestia frente a las críticas que recibiera su compañero Boric por el altercado de la polera con la imagen de Guzmán baleado. “Bien muerto el perro”, concluía la honorable con un sentido democrático admirable.

Indudablemente los hechos que se describen han terminado por afectar la reputación de los afectados, pero también la de nuestra denostada clase política. Este tema es particularmente complejo, pues Boric, Orsini y Santibáñez pertenecen a un grupo de actores que venían –supuestamente– a “oxigenar” nuestro parlamento, con nuevas formas y conductas que buscaban acercar una actividad que se veía lejana y poco conectada con los asuntos ciudadanos. Pero lamentablemente, las polémicas en que se han visto involucrados denotan violencia e intolerancia, generando un clima de tensión en el cual se hace imposible instaurar una lógica de diálogo.

Este encrispamiento lo hemos sufrido –en mucha menor escala– en nuestra región de Valparaíso. Basta recordar la tensa pelea entre el alcalde Patricio Freire y el core Iván Reyes al final de una reciente sesión del Consejo Regional o el bochornoso episodio vivido entre Osvaldo Urrutia y Andrés Celis hace algunas semanas en el Congreso.

Si buscamos ser mejor sociedad, será necesario respetar. Y por respetar me refiero a interactuar aceptando la legitimidad del otro. Eso, en castellano antiguo, implica dejar de pensar que los adversarios políticos son entes subnormales sin capacidad de raciocinio. Implica, por supuesto, dejar de pensar que son perros que merecen morir.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 20 de enero de 2018.