Cooperación y convivencia vial: una cuestión cultural

Valentina Vargas
Investigadora Fundación P!ensa

La mítica canción de Queen, Bicycle Race, expresa con fervor lo que andar en “bici” significa. Quien la haya escuchado seguramente ha sentido las ganas de subirse a una y recorrer las calles de la ciudad o del campo. Al ritmo propio, libre contra el viento, sea cual sea el motivo. Algunos la usarán como deporte, otros como medio de transporte, otros para pasear. Motivos para subirse a la bici sobran.

Y ahora con la nueva Ley de Convivencia Vial existirían más razones. Esta ley tiene por objetivo final reducir la cantidad de accidentes de tránsitos, a través una nueva normativa que regula el uso de las calles y veredas por parte de todos los usuarios, es decir, peatones, ciclos y vehículos motorizados.

Debemos recordar que la antigua ley de tránsito ya regulaba el uso de bicicletas por ciclovías, además de definir los espacios delimitados para peatones y autos. Lo novedoso de esta nueva ley es que se reconoce a los ciclos como vehículos -y por tanto, prescribe sus derechos y responsabilidades-, los obliga a usar la calzada en caso de no existir ciclovías, disminuye la velocidad máxima en zonas urbanas y establece una distancia mínima de adelantamiento entre autos y bicicletas. Pero además, la nueva normativa fortalece el rol de las Municipalidades en desarrollar y mantener una mayor convivencia vial, por ejemplo a través de la facultad de reconocer zonas de tránsito lento. Esto permite identificar los problemas locales y dar soluciones atingentes a cada contexto.

Con este proyecto queda de manifiesto la importancia de la cooperación ciudadana a la hora de potenciar el uso del espacio público. Sin ir más lejos, esta iniciativa nace de la colaboración en conjunta de las organizaciones sociales y del ejecutivo. Sumado a esto, con la actual legislación, los gobiernos locales tendrán la responsabilidad de fortalecer el cumplimiento de esta normativa y determinar las excepciones necesarias en cada territorio. Finalmente, los usuarios deben ser capaces de actuar de manera respetuosa y colaborativamente, siendo capaces de llevar a la práctica las normas establecidas. Por lo tanto, depende de todos los involucrados que esta ley sea efectiva.

En este sentido, es quizás el actuar de este último agente el que presenta mayores desafíos para el buen funcionamiento de la ley. Principalmente porque es urgente un cambio cultural en materia de vialidad, de lo contrario, cualquier esfuerzo en infraestructura, fiscalización o sanción será en vano. Es necesario compartir y convivir entre todos en la vía pública. Este es también un tema de respeto ciudadano, el que de no existir seguirá causando accidentes y siniestros.

De este modo, los mayores esfuerzos debiesen estar enfocados en la educación vial. La nueva ley incorpora cambios necesarios en esta materia, pero no suficientes. Por un lado, en las escuelas y colegios, la Conaset se debe hacer mucho más presente en los modelos educativos y en la información que decida entregar el Mineduc, generando un trabajo en conjunto. Por otro lado, el mecanismo para optar a una licencia de conducir debiese incluir un curso de convivencia vial ya sea presencial u online, independiente del tipo. Además, en las pruebas teóricas y prácticas se debiese incluir un ítem de evaluación en esta materia.

La Ley de Convivencia Vial es un gran paso en este sentido, ya que nos ayudará a entender los espacios públicos desde otra perspectiva. Supone un cambio cultural y en educación importante que va en beneficio de todos los que utilizamos las calles.  Como usuarios de las vías públicas debemos ser agentes activos en los cambios que buscamos conseguir. Y esto sólo lo conseguiremos con una participación respetuosa y colaborativa.

*Publicada en El Martutino el 3 de diciembre de 2018.