El cuento populista

Por Maximiliano Duarte

Investigador P!ensa

El término “populista” ha sido empleado constantemente por algunos sectores para referirse de manera peyorativa a las propuestas del adversario político. Su uso indiscriminado guarda cierta similitud con el cuento de pedrito y el lobo. De tanto anunciarse la llegada del populismo, una vez que la amenaza es cierta la gente simplemente no compra la advertencia. Dicho eso, ¿qué elementos permiten identificar al populista?

Según diversos sociólogos y cientistas políticos, el líder populista suele utilizar como recurso la visión dicotómica de la realidad social, reduciendo el panorama político a dos frentes: el pueblo virtuoso y la elite corrupta. Hecha la distinción, el populista se autoatribuye la habilidad de desentrañar la voluntad popular y se posiciona en el primer grupo, hablando en primera persona plural. Escuchar a un académico o a un político hablar de “nosotros” -en nombre del pueblo- en contraposición a un “ellos” -que representaría a la elite- es una primera señal de alerta.

Otro elemento a considerar es la alusión a un “sentido común”. Para el populista, la voz del pueblo es la voz de Dios, y él su intérprete, de modo tal que su palabra es ley divina. Esta característica explica su desconfianza hacia los científicos. La evidencia sería una herejía porque deslegitimaría la voluntad popular a través de elementos que le son ajenos. Por lo mismo, el insumo que aporta el científico no tiene mayor peso en la ponderación de la decisión política del populista, y sólo es utilizado como respaldo cuando dicho insumo es coincidente con su opinión preconcebida. Siguiendo con la analogía, el papel de la bruja en la edad media es reemplazado por el “tecnócrata” en la lógica populista.

En tercer lugar, el populista es autoritario y antidemocrático, rasgo que es ocultado con maestría – por razones obvias-. Probablemente todos hayan jugado alguna vez al teléfono roto, ese juego donde una persona emite un mensaje que corre en cadena hasta que el último jugador termina diciendo, generalmente, un mensaje distinto al original. El Estado de Derecho es el teléfono roto para el populista, un dispositivo satánico que no hace más que distorsionar la verdad revelada. De ahí el peligro que encarna el populismo en las democracias republicanas cuando logra permear en los círculos de poder. Hace tambalear al sistema institucional en su conjunto.

Los dos primeros elementos se manifestaron con una fuerza inusitada en la discusión legislativa por el retiro del 10% del ahorro previsional. El discurso populista comenzó ganando la partida cuando creó una falsa dicotomía entre el pueblo y las AFP. Cualquier parlamentario que pretendiera argumentar en contra de la medida fue tildado de acérrimo defensor de las grandes corporaciones que se benefician del status quo. Esta estrategia es utilizada con frecuencia en el debate parlamentario y no parece tener un contrapeso en una clase política que cuenta con una precaria caja de herramientas discursivas: sólo un martillo en forma de falacia del hombre de paja.

Por otro lado, debiese llamarnos la atención el desconocimiento de la opinión experta. Durante toda la crisis sanitaria la tendencia había sido precisamente la opuesta. En este sentido, el personal médico había logrado -con razón- una importante vitrina en los medios de comunicación – hoy prácticamente todos los matinales cuentan con un representante del área de la salud para que haga el contrapunto científico-. Lo mismo había ocurrido en el acuerdo económico de hace algunas semanas en que participaron 16 economistas de distinto color político. No obstante, en la discusión por el retiro de las pensiones la opinión de los expertos fue considerado un elemento distorsionador del sentido común. Un pataleo de la “elite tecnócrata”.

El cambio de paradigma seguramente obedece a múltiples factores. Aunque los líderes del oficialismo tienen una cuota importante de responsabilidad. En las últimas semanas, el debate por las almas de la derecha se había robado la atención. En ese contexto, Mario Desbordes -uno de los políticos más hábiles del sector- había marcado una línea divisoria entre la “derecha política” y la “derecha economicista”. La distinción me parece válida -personalmente la comparto-, sin embargo, tiene un matiz académico importante. No es lo mismo la crítica al economicismo que la crítica a la economía. Me atrevo a afirmar que en Chile Vamos hay parlamentarios que desconocen la diferencia. Adicionalmente, el líder de RN se mostró abierto a analizar la propuesta de la oposición, acusando, de paso, a una elite indolente con los problemas de la calle. Ese coctel de declaraciones pudo ser suficiente para que un número considerable de parlamentarios se dejara llevar por el romanticismo popular. “La economía no se construye en base a los números”, “hay que votar con el corazón”, fueron algunos argumentos esgrimidos en la Cámara.

Es evidente que nuestro país vive una crisis política de envergadura. Para comenzar a salir de ella es indispensable que los liderazgos articulen un oficialismo y una oposición sólidas, con principios y convicciones que trasciendan la ganancia política a corto plazo y el aplauso fácil de la galería. De seguir el mismo camino transitado el último tiempo, en que la deliberación política se ha reducido a un mero intercambio de etiquetas más que a un debate de ideas, el caldo de cultivo estará listo para que el próximo presidente sea un líder populista. El lobo habrá tomado el control del rebaño, dándole el golpe de gracia a la República tal cual la conocemos.

Publicado por Voces de La Tercera el 15 de julio de 2020