El gran pacto

Francesca Zaffiri
Investigadora

Esta semana ha sido una de las más importantes en la historia de nuestro país. El pasado martes fuimos testigos –una vez más- de que estamos ante una coyuntura crítica marcada por la violencia. Calles destruidas, personas heridas e incendios son solo algunos ejemplos de ello. Sin embargo, hay un eco subyacente que se está haciendo cada vez más presente. Esto es, el miedo y la incertidumbre.

Las cuatro semanas de crisis que hemos vivido han mostrado que, desde hace un buen tiempo, los conflictos no han tenido su camino institucional. El nivel de perplejidad que mostró la clase política durante los primeros días nos dio a entender que problemas concretos asociados ya sea a las jubilaciones, sueldos o condiciones de salud simplemente no estaban en la retina de nuestros representantes. Pero más aún, el nivel de shock que nos demostraron puede deberse al hecho de que pocos supieron ver que la crisis de confianza que ha imperado en el último tiempo, sirvió no solo para justificar la abstención electoral, sino para llevar al extremo el malestar social.

Y es que cuando las personas pierden la confianza en los políticos, en el largo plazo implica que pierdan la fe en la política como una actividad humana elemental y por lo tanto en las instituciones. Si bien estamos frente a una crisis de muchas aristas, es fundamental saber que, al final del día, somos nosotros quienes le otorgamos legitimidad al sistema político. Y cuando esa legitimidad se erosiona, estamos mermando la vida en sociedad que no solo construimos a través de leyes, sino a través de nuestros actos y costumbres.

Es por eso que, cuando vemos a personas gritándose en las calles, olor a lacrimógenas y violencia desmedida, estamos resquebrajando nuestro pacto social, que muchos toman como una constitución. Pero es mucho más que eso. Teóricamente, este contrato nace básicamente ante la posibilidad de que las personas atentemos contra la vida de los otros y viceversa. En consecuencia, entregamos nuestra libertad de hacer violencia a un agente coercitivo –el Estado-, para que éste resguarde nuestras vidas y podamos convivir en comunidad.

Esto es fundamental, porque quiere decir que un pacto social no es necesariamente sinónimo de constitución. Ciertamente es un elemento, pero también incluye nuestro tejido social, nuestras prácticas cotidianas y las normas que nos tenemos como sociedad, que le dan orden a nuestras pasiones y conflictos que estarán siempre en una sociedad plural.

Porque al final del día, a pocas personas les gusta que les digan qué hacer. Individualmente, estamos cada vez menos dispuestos a ser gobernados. Parece ser que estamos cada vez más sujetos a nuestras ideas y a creer que, porque nos parecen correctas, son una verdad puritana. Esta idea es peligrosa porque, en la medida de que se haga más palpable en nuestro imaginario social, nuestro pacto va perdiendo cada vez mayor legitimidad.

Fuimos testigos de este modus operandi de una manera vertiginosa en la clase política. Por un lado, la postura intransigente que defendió el Partido Comunista, con partidos del Frente Amplio, nos mostró su convencimiento ante una idea que probablemente no sea representativa de la ciudadanía y, por lo tanto, poco democrática. Por otro, vimos a una ex Concertación que poco margen de negociación entregó, más un oficialismo dividido entre una Renovación Nacional dispuesta a llegar a acuerdo y una Unión Demócrata Independiente aferrada a sus ideales.

Todo esto cambió el martes 12. El nivel de violencia acumulado, más el llamado a la paz del Presidente, le entregó a la clase política un mensaje clave, que es que la Democracia es un valor más importante que los intereses que representan. Solo a través de la Democracia como valor es que podemos defender nuestras posturas, por diferentes que sean, porque significa que no solo estamos respetando las reglas explícitas, sino también los valores democráticos que, como sociedad, hemos construido en los últimos treinta años.

El gran pacto social no es solamente una nueva constitución, es también el respeto irrestricto a nuestras instituciones y a nuestros ciudadanos, por diferentes que seamos. Es debido a ello que, ante el histórico acuerdo de llamar a plebiscito para una nueva carta magna, la violencia que se ha vuelto cotidiana en las calles debe terminar. La tregua a la que se llegó ayer debe permear a todos los actores de nuestra comunidad o, de lo contrario, corremos el peligro que de todo termine como una paz antes de la tormenta, y sigamos resquebrajando nuestro pacto social.

*Publicada en El Líbero el 17 de noviembre de 2019.