El legado de Piñera II

Por Jaime Lindh
Coordinador de Opinión Pública

Un profesor universitario comentaba hace algunos años a un grupo de alumnos que el presidente de la República tiene dos preocupaciones: el dónde guardar los regalos recibidos en su condición de jefe de Estado y cómo la historia lo recordará. Respecto al primer punto, es difícil saber cómo lo está resolviendo el presidente Piñera. Y en realidad, tampoco es tan trascendental saberlo. Pero, en cuanto al segundo punto -el cómo será recordado- el presidente ha sido más bien claro. Piñera II ha explicitado que su objetivo sería llevar a cabo una “transición 2.0” que consiste en superar la “trampa de los países de ingreso medio” para alcanzar el desarrollo.

Revisando la historia reciente del país, se podría plantear que existen al menos dos tipos de legados presidenciales. Están -por un lado- los “legados sectoriales” que son los cambios que generan un impacto significativo en un área particular del país. En esta categoría entraría -por ejemplo- el sistema de concesiones de Lagos o la jornada escolar completa de Frei. Son reformas -en definitiva- a las instituciones económicas y sociales del país. Por otro lado, están los “legados estructurales”, siendo cambios menos frecuentes, pero con un impacto que no se enmarcar en un ámbito particular, sino que afectan a la sociedad en su conjunto. Son reformas a las instituciones políticas. Por ejemplo, las del 80’ que aseguraron tanto el retorno a la democracia (tribunal constitucional) como la estabilidad político-electoral de las últimas tres décadas (binominal y mayoría presidencial).

En general, los gobiernos buscan dejar “legados sectoriales” debido a que son más simples de concretar y más rentables (¡qué más rentable que ofrecer gratuidad en educación!). No obstante, los “legados estructurales” son tanto o más importantes en el devenir de un país. Sin ir más lejos, el conjunto de reformas que transformaron económica y socialmente a los chilenos no se explica sin la estabilidad político-institucional de las últimas tres décadas. Ahora bien, las reformas políticas se explican no tanto por la capacidad de un presidente, sino que por las circunstancias y factores ajenos. Recordemos -por ejemplo- que la nueva ley de partidos políticos proviene del conocimiento público de los escándalos de financiamiento ilegal.

Dicho lo anterior, ¿existen hoy condiciones para que Piñera II entregue un “legado estructural”? Sí, y la descentralización es una clara opción. Hay un mandato constitucional y apoyos transversales. Ahora bien, es fundamental dejar de verla como algo sectorial (“el entregar más plata a regiones”). La descentralización -en contraste- es una reforma política ya que un nuevo actor se incorpora al juego: el gobernador electo. En la medida que éste tenga los incentivos alineados con las necesidades de sus votantes, la descentralización representará una oportunidad única para que el Estado no sólo entregue certezas, sino que sea más flexible y responda de manera más eficaz a las necesidades de sus contribuyentes.

*Publicada en el Diario Financiero el 16 de noviembre de 2018.