El problema invisible

El pasado domingo se celebró en todo el país el “día de las regiones”. La efeméride busca, desde sus orígenes, poner sobre la mesa la problemática del centralismo exacerbado de Chile, intentando concientizar acerca de la necesaria transformación del país en términos políticos, administrativos y fiscales.

Pero pese a las nobles intenciones, lo más probable es que usted – al igual que yo – ni se haya enterado de este hito. Claramente no podemos sentirnos culpable por ello, pues salvo algunos valiosos intentos que buscaron darle notoriedad a la fecha, la verdad es que no hubo manifestaciones ni protestas que nos pudiesen alertar acerca de esta celebración. La única marcha de aquel día fue la convocada por el movimiento “No + AFP”, la cual juntó bastante menos gente que Paloma Mami en Lollapalooza.

Pero el fenómeno que invisibiliza a la descentralización no es del todo inexplicable. Lamentablemente, las nefastas consecuencias de la concentración exacerbada de Chile no son del todo palpables por la ciudadanía. Por lo mismo, la repartija de poder, funciones y recursos termina siendo vista como un juego ajeno, perteneciente más a la elite política que al ciudadano promedio. Después de todo, ¿en qué me puede afectar una ley de traspaso de competencias? ¿En qué me influye que ahora los intendentes sean electos? ¿En qué me incide que los servicios de fomento productivo estén en manos de un ministerio o de un gobierno regional?

Por supuesto que las dudas recién expuestas son válidas, y se relacionan bastante con la ya tan denunciada fractura entre la clase política y la clase dirigida –para reducir la tensión de algún modo–.  “Si la institucionalidad nunca nos ha respondido, tampoco lo hará con autoridades locales más empoderadas”, dirían algunos. “Siguen siendo ellos versus nosotros”, dirían otros. En síntesis, no logramos palpar las consecuencias del centralismo y tampoco nos hacemos muchas expectativas en torno a las reformas descentralizadoras. En este contexto, se hace bastante fácil pata el ejecutivo y el legislativo omitir el problema del desarrollo territorial.

Por lo mismo, urge comprender que la descentralización no sólo se vincula a autoridades locales electas o a más lucas para las regiones, sino que también a problemas sociales complejos que se relacionan íntimamente con nuestro día a día. En estos términos, el hito del pasado domingo no se trataba acerca de la concientización en torno al traspaso de competencias, sino que de la reflexión en torno a por qué varios de nuestros amigos deben irse año a año a trabajar o estudiar a Santiago. No se trataba sobre la ley de rentas regionales, sino sobre cómo los medios que inciden en la agenda pública dejan rezagados los problemas locales a un tercer o cuarto plano. Pensándolo así, quizás, nos daríamos cuenta rápidamente de que el centralismo exacerbado del país no sólo les compete a los políticos, sino que a la sociedad en su conjunto.

El centralismo, por tanto, debe ser tratados como un problema cultural y no sólo político. Por lo mismo, no podemos reducir los esfuerzos a seguir la inercia de la elección de intendentes y del traspaso de competencias. Urge una visión sistémica que logre cimentar el cambio social que Chile requiere. Quizás así el problema, de una vez por todas, pase a ser una verdadera prioridad para todos.