El segundo año

Pedro Fierro
Director de Estudios

La última encuesta CEP logró remecer el escenario político. La consolidación de Joaquín Lavín como precandidato 2021 y el sorpresivo apoyo a la ministra Marcela Cubillos causaron interés en la opinión pública. Sin embargo, quizás el tema más debatido fue la baja aprobación alcanzada por el gobierno del presidente Piñera, la cual llegó acompañada de un aumento en la desconfianza y una percepción de lejanía sobre el mandatario. Por lo mismo, este escenario nos debiese invitar a reflexionar sobre las consecuencias y desafíos para el oficialismo.

Antes que todo, para entender de buena forma estas cifras debemos comprender el contexto histórico en que se desenvuelven. Sin ir más lejos, es normal escuchar que el segundo año de gobierno es el escollo por superar, donde se viven los momentos más complicados y más desafiantes. La historia reciente de los mandatarios chilenos parece confirmar esta apreciación. Sin ir más lejos, en la misma encuesta CEP podemos ver que el gobierno de Bachelet 1 pasó de un 52% de aprobación en 2007 a un 39% en 2008. Piñera 1, por su parte, pasó de un 45% de aprobación en el 2010 a un 23% en el 2011. Y Bachelet 2, de un 50% en el 2014 a un 24% en el 2015. Todos estos resultados sugieren que, una vez que se acaba la luna de miel, se viven los momentos más complejos en la relación entre el presidente y la ciudadanía.

Hoy, los vergonzosos hechos de violencia del Instituto Nacional y las populosas marchas en apoyo a los profesores parecen responder a esa tendencia histórica. Si el 2011 fueron las movilizaciones estudiantiles, hoy parece ser el “cacerolazo de los patipelaos”.

Este escenario es bastante interesante. Si bien existe una alta insatisfacción ciudadana (¡vaya novedad!), también parece existir esta vez un alto interés en los asuntos públicos y una alta sensación de competencia para participar del debate por parte de los ciudadanos. Esa condición –insatisfacción y propia competencia – ha sido considerada por algunos autores como el escenario perfecto para la búsqueda de vías alternativas de participación. En otras palabras, si el sistema no nos escucha, pues buscaremos las maneras de que lo haga.

Para el oficialismo esta realidad es preocupante. En primer lugar, en cuanto a la necesidad de mantener los 8 años que esperan estar en el gobierno. No olvidemos que el propio programa presidencial fue pensado para dos periodos. La inversión de 126 mil millones en desarrollo territorial fue anunciada para el 2026, y hasta nuestro Paseo del Mar fue propuesto como un plan de 8 años.

Pero el segundo motivo es quizás más urgente: las elecciones locales del próximo año. Estos comicios vienen a ser nuestra evaluación temprana a La Moneda. Nuestro “mid-term”. Además, los municipios siempre han sido engranajes esenciales para el desenvolvimiento de la política nacional. Así se ha entendido desde hace décadas, formando parte inherente de la forma de hacer política en Chile. No por nada Giorgio Jackson ha declarado a este mismo medio el profundo interés por Viña. Desde la alcaldía ciudadana en Valparaíso se sustenta parte importante de la idea política del conglomerado.

Dicho esto, los próximos comicios representan una oportunidad esencial para enfrentar el problema de insatisfacción. En época electoral el ciudadano tiende a sentirse más cercano al sistema y más interesados en la política tradicional. Por lo mismo, el periodo de campaña puede ayudar a mejorar ciertos niveles de desconfianza y apatía hacia las vías convencionales de participación.

Entonces, ahí está uno de los desafíos. La necesidad de reinventarse, de acercar las estructuras partidistas a las bases y de nutrir cada acción con un propósito. Suena más sencillo de lo que es, claro está.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 7 de julio de 2019.