Emparejando la cancha de género

Francesca Zaffiri
investigadora

¿Quién no ha escuchado “los hombres son de marte y las mujeres son de venus”, o “hay carreras para hombres y carreras para mujeres” y “ser mamá es lo más lindo de ser mujer”? Son frases cotidianas en nuestro imaginario colectivo y reflejan un aspecto clave en la idiosincrasia chilena: roles específicos para hombres y mujeres.

Es sabido que, a nivel histórico, esta definición de funciones –el hombre en el trabajo, la mujer en la casa– se ha transformado en uno de los bastiones mundiales del feminismo. Este concepto en el último tiempo se ha vuelto polémico, bajo el argumento de la ideologización de la marcha del 8M y las demandas feministas. Más allá del acuerdo o desacuerdo con un hecho específico, resulta virtuoso que un concepto como el feminismo esté en un proceso de politización, porque significa que los distintos partidos ven en él un componente político que es propio de una democracia deliberativa. La capacidad de movimientos sociales para articular demandas que se transformen en políticas.

No obstante, lo que distintos sectores de la política no han logrado visualizar es que, más allá de la apropiación de la bandera feminista, ésta va más allá de una ideología política determinada. El fenómeno que estamos viendo actualmente -la pugna entre los sectores políticos por definirse o no como feministas- significa que el objetivo del feminismo, es decir, igualdad, equidad y paridad entre géneros, es una meta que les compete a todos.

A pesar de ello, los derechos de la mujer no siempre han sido prioridad. Históricamente, han sido las movilizaciones de mujeres que, junto a la articulación con políticos específicos, han logrado –lentamente- que las chilenas de hoy contemos con derechos civiles y políticos. En 1950 Chile tuvo su primera congresista y en 1952 se logró el voto universal. Así y todo, recién en 1999 la Constitución comenzó a referirse a hombres y mujeres como iguales.

Sin embargo, a pesar de que han existido avances en las leyes que favorecen la inserción de la mujer en las distintas esferas de la sociedad, la idiosincrasia chilena persiste en mantener una visión tradicional de los géneros. Pongamos como ejemplo el permiso postnatal parental. Supongamos una familia en la que la mujer, en su calidad de madre, debe ausentarse de su espacio laboral por un margen máximo de seis meses, que son cruciales para la vida de un bebé. La obligatoriedad del padre, en cambio, dura cinco días. Y si quiere formar parte activa de los primeros meses de la vida de su bebé, debe negociar con su pareja cuánto tiempo ella le va a repartir para poder hacerlo. Claro, incluyendo una disminución de salario.

Este ejemplo me es útil porque muestra que, si bien existe una ley que protege tanto la posibilidad para una mujer de ser madre y estar activa laboralmente, ¿por qué el padre no puede tener un post natal en las mismas condiciones que la madre? En parte porque en cierta medida perpetúa la definición tradicionalista de roles, en la que se entiende que el hombre cuida el sustento del hogar y la mujer a los hijos.

En este punto, para que el feminismo sea efectivo, no solo se debe buscar que la mujer tenga libertad de elección, sino que el hombre también la tenga. Porque redefinir los roles de género en la sociedad, implica que ambos –mujer y hombre- tengan el albedrío de decidir, a nivel individual y familiar, las responsabilidades que van a llevar a cabo.

Esta libertad en base a la paridad, debiese estar presente en toda legislación y, por lo tanto, requiere de acción política. Áreas como la salud, trabajo, educación, remuneraciones, entre otros, son solo unas de las muchas aristas que deben ser canalizadas a través de la política. En este sentido, los niveles de frustración que demuestra el movimiento feminista van de la mano con que las leyes existentes permiten que, en lo cotidiano, persista esta subordinación de lo que la cultura define como “roles de género”.

Es por ello que, uno de los grandes cambios de la institucionalidad política ha sido el diseño de cuotas de género en el sistema electoral chileno. Si bien son conocidas erróneamente como cuotas para la mujer, esta reforma tiene una doble importancia porque, en primer lugar, el diseño electoral permite que exista un nivel de paridad entre ambos géneros al momento de la competencia electoral, promoviendo así el principio democrático de la representatividad. En segundo lugar, el ingreso de las actuales congresistas en la Cámara Baja ha promovido los primeros cambios que, para nuestro poder legislativo, son innovadores. La comisión de la mujer y equidad de género tiene por labor hacerse cargo de cambiar el paradigma de supeditación/supremacía en todas las áreas de la sociedad.

Así y todo, queda el desafío de seguir impulsando un cambio en nuestra idiosincrasia, para que los roles de género puedan ser definidos por los mismos núcleos de socialización a los que pertenecemos. Éste debe ser complementado con el cambio en las políticas por las que aboga el movimiento feminista y, por ende, la marcha mundial del 8 de marzo. Y si bien han habido algunos avances a nivel legislativo, es claro que aún no se ha hecho lo suficiente para promover que, tanto mujeres como hombres, tengan emparejada la cancha a la hora de poder realizar sus vidas en comunidad.

*Publicada en El Líbero el 9 de marzo de 2019.