Estrechez de corazón y urbanismo

Valentina Vargas
Investigadora

El equipamiento urbano de nuestras ciudades es quizás uno de los temas más olvidados actualmente. No por nada es el componente pero evaluado en la Encuesta P!ensa18. Sumado a esto, al analizar la serie completa, el estudio evidencia que la evaluación del equipamiento urbano ha estado al final de la cola por los últimos cinco años.

Las razones que subyacen a este problema son múltiples y variadas. Por un lado, existe el deber –no siempre alcanzado- que tienen las autoridades políticas de otorgar el mobiliario urbano que satisfaga las necesidades de la ciudad. Por otro lado, está la responsabilidad que tenemos nosotros como ciudadanos de respetar y cuidar nuestro espacio público. Por lo tanto, es evidente que la percepción de lo urbano mejorará cuando todas las partes logren cumplir con sus roles.

Ahora bien, más allá de las causas que explican esta situación, es importante comprender los efectos que se producen de ella. El cómo está (des)cuidada la ciudad tiene una profunda conexión con el sentido de pertenencia de las personas hacia un lugar, lo que se da a través de la relación que tiene el espacio urbano con las características que determinan la identidad cultural de una comunidad.

De este modo, podemos entender que el equipamiento urbano no sólo cumple un papel funcional, sino que también genera valor social (y estético), lo que en conjunto propicia espacios de actividad colectiva en donde se puede generar un vínculo cercano con la ciudad misma.  Por tanto, este es el efecto negativo que provoca mayor amenaza a la ciudad y a la calidad de vida. Cuando un mueble deja de cumplir con el propósito funcional y social entonces se puede producir la normalización de lo inservible, desencadenando una actitud negativa hacia el espacio público.

Lo anterior se traduce en que normalizamos los rayados en ciertas calles o la falta de paraderos disponibles en algunas esquinas. Nos acostumbramos a la falta de luminaria pública o al abandono de animales. Puede ser tanta la costumbre, que eventualmente no distinguimos la diferencia entre dejar nuestra basura a los pies de un árbol o esperar hasta llegar al próximo basurero. Esta normalización es sinónimo de falta de cariño con la ciudad, es falta de sentido de pertenencia. Es, como diría Jorge González, estrechez de corazón.

Revertir esta situación es imprescindible si como región queremos lograr un mayor bienestar. Tal como lo expresa la Encuesta P!ensa18, muchos son los componentes que inciden en la calidad de vida, y ninguno es menos importante que el otro. En cuanto al espacio urbano, es necesario y urgente reconocer  que el trabajo en conjunto de autoridades y ciudadanos es fundamental para romper con la inercia de la normalización que ha llevado a la región a estar tan mal evaluada en esta materia. Esta es la manera para conseguir que nuestras ciudades sean un mejor lugar para vivir.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 13 de enero de 2018.