Hablemos de populismo

Francesca Zaffiri
investigadora

Es cada vez más común que escuchemos y leamos sobre populismo. Ya sea en conversatorios, en libros o en la prensa, la creciente popularización del término en el debate público está dando luces de una creciente preocupación por parte de algunos sectores, quienes temen que las consecuencias del populismo sean irreversibles para el sistema político chileno. Ante ello, antes de pensar en el desenlace, es menester que vayamos para atrás y nos preguntemos qué es populismo y cómo podemos identificarlo.

Para comenzar, muchos quienes utilizan el término populismo lo hacen en sentido peyorativo. Un adjetivo calificativo para advertir el rechazo hacia alguna política o acción específica. Joaquín Lavín, Daniel Jaude, y más de algún parlamentario se han ganado cierta fama de “populistas” bajo el argumento de que satisfacen las demandas del “populacho”. No obstante, el populismo es más que un juicio negativo; es un fenómeno y, como tal, difícil de identificar.

El cientista político Cristóbal Rovira da luces al respecto. Nos propone pensar en el populismo como una ideología blanda, un mapa mental cuyo elemento central es la existencia de una relación de oferta y demanda entre los líderes políticos y la ciudadanía. Ante ello, no es baladí preguntarnos cómo esta definición se refleja en nuestra realidad, específicamente en la relación existente entre gobernados y gobernantes

Sabemos que la desconfianza es la característica principal de la cultura política actual. Por un lado, las personas confían cada vez menos en la clase política y en las instituciones. No ven que sus demandas estén siendo acogidas por el sistema ni tampoco por quienes escogieron para hacer tal labor. En este escenario, son cada vez más comunes espacios de expresión y participación como las movilizaciones, que visibilizan los problemas que las personas exigen solucionar. Las marchas del movimiento feminista, no más AFP y el último paro docente son indicios de ello.

Por otro lado, pareciera que también hay un problema con la clase política. Porque si en el pasado lograban canalizar los intereses de sus electores, hoy responden cada vez menos a su labor de representar. Y es que es ciertamente difícil cumplir con esta labor, porque los políticos ya no solo se deben preocupar de asuntos meramente nacionales, como la delincuencia, los derechos laborales o la salud. También deben legislar en materia de calentamiento global, éxodos migratorios y el narcotráfico, entre otros. Es decir, se enfrentan a problemas complejos que no terminan de ser entendidos por los tomadores de decisiones.

El populismo vive en tensión con la democracia. No son sinónimos, tampoco antónimos. Lo que sí nos está planteando es el desafío de que nuestro sistema político debe cambiar y adaptarse.

Es aquí donde nos vemos enfrentados a un problema que socava nuestro sistema político. Esto es, la información incompleta, un concepto de la economía política que nos indica que es muy difícil que las personas conozcan por completo la información que les rodea. ¿Se imaginan si uno pudiera entender las cláusulas de los tratados internacionales que pueden llegar a socavar el manejo interno de las fronteras del país? ¿O analizar la curva de productividad y hacer una estimación entre 40 y 35 horas de trabajo efectivo? Ciertamente una persona con el suficiente tiempo podría hacerlo. Pero a cambio, dejaría de hacer otras cosas. Esto porque, tanto ciudadanos como políticos, no todos podemos emplear la misma cantidad de tiempo para mantenernos informados.

Es aquí donde la ideología juega un rol sustancial. Esta funciona como un mapa mental, que nos entrega una batería de ideas que nos ayudan a entender los grandes problemas y a tomar decisiones colectivas. Actualmente, a pesar de que las personas tienen noción de la función que debiese cumplir el Estado y el mercado, las ideologías están cumpliendo cada vez menos su labor. Porque los problemas públicos son cada vez más complejos, pareciera ser que las ideologías actuales no dan abasto para entenderlos, por lo que les parecen más lejanos a los ciudadanos y a los políticos.

Así, terminamos con debates políticos fútiles e innecesarios. Por ejemplo, con discusiones sobre reducción de horas de trabajo, cuando se debiera contribuir a una reforma integral del Código del Trabajo. Surgen espacios de indeterminación, en los que los políticos no logran ver la imagen completa de lo que debe ocurrir en el sistema político. El Congreso no lleva a cabo proyectos de ley que se adecúen a las necesidades de los ciudadanos, y ellos, por lo mismo, no se sienten representados.

Es esta indeterminación la que germina al populismo. Porque si lo entendemos como una ideología, ésta entrega a las personas los binoculares necesarios para que comprendan los problemas complejos que no están siendo entendidos. Reduce el costo que genera informarse, y entrega a las personas la sensación de que sus demandas están siendo escuchadas. El problema de esto es que no necesariamente viene a solucionar los problemas reales de los ciudadanos, lo que a la larga genera un mayor distanciamiento entre la ciudadanía y la clase política, provocando polarización y frustración.

El populismo vive en tensión con la democracia. No son sinónimos, tampoco antónimos. Lo que sí nos está planteando es el desafío de que nuestro sistema político debe cambiar y adaptarse, porque ninguna democracia se mantiene como tal sin el esfuerzo de modernizar la manera en que gobernantes y gobernados convivimos en sociedad.

*Publicada en El Líbero el 21 de septiembre de 2019.