Internet, sociedad y política

Pedro Fierro Zamora
Director de Estudios

¿Sabía usted que el pasado martes se cumplieron 30 años desde el nacimiento de la World Wide Web? Sí, hablamos del invento de ‘www’, el que cambió definitivamente la forma en que nos relacionamos como sociedad al permitirnos el ingreso a miles de millones de sitios diferentes.

Desde un inicio, el rol de Internet en el involucramiento ciudadano se transformó en un tema especialmente controvertido. No podía ser de otra forma, ya desde mediados del siglo XX se venía denunciando en las democracias consolidadas distintos fenómenos de descontento social, por lo que parecía pertinente preguntarse de qué forma afectarían estas nuevas tecnologías a la vida en comunidad. En ese contexto, había quienes creían que estas herramientas definitivamente equilibrarían la cancha, dando acceso a la información y a los asuntos públicos a aquellos segmentos usualmente excluidos en los mecanismos tradicionales. Otros sostenían que estos inventos sencillamente harían nacer nuevas inequidades, en cuanto no todos los segmentos sociodemográficos iban a tener un acceso equitativo a las plataformas. En otras palabras, el caudal informativo aumentaría sólo para algunos, lo que ensancharía las brechas ya existentes.

A 30 años desde que sir Tim Berners-Lee iniciara el proceso que culminó con la puesta en marcha de la World Wide Web, llama la atención que las mismas interrogantes se mantengan. En una carta compartida este martes, el creador de la web ponía especial atención a las brechas digitales que aún permanecen. “La mitad del mundo está en línea”, sostuvo, agregando que “es más urgente que nunca asegurarnos de que la otra mitad no se quede fuera”.

¿Y qué pasa en Chile?

De acuerdo con la última Encuesta de Acceso y Uso de Internet, dada a conocer por la subsecretaría de telecomunicaciones, un 87,4% de los hogares del país cuenta con una conexión pagada a la red, cifra que llega al 94% cuando consideramos sólo a los hogares que albergan estudiantes escolares o universitarios. De esta forma, el acceso parece ser bastante equitativo, lo que ha llevado a organizaciones internacionales a considerarnos como uno de los países más conectados del continente. Sin embargo, debemos ser conscientes de que las brechas e inequidades sociales que potencialmente pueden incrementar las nuevas tecnologías no sólo se reducen al acceso, sino que también al tipo de uso que se les da. En palabras sencillas, no es lo mismo utilizar Internet para consumir pornografía que para revisar noticias.

Dicho esto, las actividades que ensanchan tu capital social -a través de la interacción o de la información- tienen un impacto muy distinto en términos sociales que aquellas actividades que promueven el ocio o la entretención. Y pese a que ambas pueden ser igual de relevantes, sigue siendo una realidad que debemos enfrentar si pretendemos reducir las inequidades que denuncia sir Tim Berners-Lee.

En términos sociopolíticos, estas brechas parecen tener una relevancia inconmensurable. Sin ir más lejos, distintos académicos se han preocupado durante los últimos años de estudiar el impacto del cívico de las nuevas tecnologías en el involucramiento ciudadano. Muchos de ellos concluyen que no tan sólo impactarían en la mayor participación en línea, sino que también en la participación fuera de línea. Sin ir más lejos, movimientos como la Primavera Árabe (en Egipto), la ocupación de Wallstreet (en EE.UU.) y el surgimiento de los Indignados (en España) han evidenciado el impacto de las nuevas plataformas en el mundo offline.

En definitiva, Internet puede ser una excelente herramienta en pos de promover la participación y el interés por los asuntos públicos, pero para eso deberemos seguir atentos a los mismos desafíos que se plantean desde hace ya 30 largos años.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 24 de marzo de 2019.