¿Es la corrupción el problema?

Francesca Zaffiri
Investigadora

Ciertamente, sería aventurado sostener que la corrupción política es el gran problema a solucionar. Lo que sí se puede sugerir, es que las personas parecen cada vez más críticas de su clase política y sus instituciones. Así lo muestran los resultados de la Encuesta de Opinión Política 2019. En términos concretos, es posible observar una mezquina evaluación ciudadana a la gestión de sus municipalidades en lo que se refiere al control de la corrupción, sumado al hecho de que consideran que este problema es una de las tres prioridades que el gobierno debiera solucionar. Al parecer, los encuestados están creyendo que la corrupción está cada vez más presente en la esfera pública.

Sin embargo, ¿significa esto que la región y el país están sumidos en corrupción? No necesariamente. Si bien hemos sido testigos de casos como Penta, SQM y el reciente caso Rancagua, una cosa es hablar de los hechos y otra diferente es hablar de la percepción ciudadana. El problema que se presenta es que la creencia de que “todo lo malo proviene de la política” es un síntoma cada vez más palpable de la crisis de confianza actual. Las personas no parecen sentirse representadas por sus políticos y, ciertamente, creen tener una relación más bien lejana con sus instituciones. En resumen, parece ser que los encuestados no están viendo que sus demandas sean canalizadas y solucionadas por las autoridades.

Y es que sabemos que, muchas veces, la política limita con la ética y el vicio. El ejercicio del poder político puede desdibujar las fronteras de estos principios, creando un agujero negro en el que las instituciones gubernamentales terminan operando ineficientemente. Quizás por ello la corrupción política ha estado y seguirá al acecho del aparato público. Lo importante es que, al final del día, las personas no sólo perciban que el sistema político responde sus demandas, sino que realmente suceda. Para que esto ocurra, es necesario que tengamos las condiciones suficientes para denunciar, controlar y sancionar los vicios y, así, permitir que las instituciones funcionen.

Uno de estos vicios podría ser la inamovilidad. Recordemos que los Alcaldes pueden ser reelectos continuamente, hasta que las personas dejen de votar por él o hasta que, voluntariamente, deje de ser incumbentes. Mas no solo en el caso de los cargos eleccionarios, sino que también ocurre que existen funcionarios que terminan siendo eternos operadores políticos que, de una u otra manera, obstaculizan la labor de otros buenos funcionarios públicos y de las instituciones. En este sentido, permitir la alternancia en el poder fomenta un mejor límite entre la política, la ética y el vicio. Si bien no es la única alternativa, puede ser un primer paso para comenzar a construir soluciones en provecho del sano funcionamiento de nuestra política.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 25 de agosto de 2019.