La extrema urgencia

Por Jaime Lindh
Coordinador de Opinión Pública, Fundación P!ensa

A fines de agosto el presidente Piñera visitaba Puchuncaví y Quintero debido a la crisis ambiental. Un mes después, la máxima autoridad nacional, presentaba el “Plan Araucanía”, comprometiendo US$8 mil millones de inversión pública en la región durante los próximos 8 años. Y hace unas semanas, el mandatario celebró en Antofagasta el triunfo de Chile en La Haya. ¿Qué podría estar revelando estos desplazamientos del presidente a lo largo del país durante el último mes y medio?

En principio, se podría plantear que la agenda estuvo marcada particularmente por problemas de alta complejidad. Las imágenes de los niños llegando al hospital de Quintero, se sumaban a la incertidumbre respecto a si al día siguiente habría o no nuevos casos de intoxicación en la mal llamada “zona de sacrificio”. Por otra parte, los problemas en la Araucanía tienen ingredientes tan históricos como el conflicto indígena y tan urgentes como la pobreza estructural de la zona. Y bueno, las palabras sobran para describir la complejidad de la demanda boliviana, más aún, si el escenario hubiese sido desfavorable.

No obstante, las visitas del presidente al norte y sur del país podrían estar evidenciando una cuestión mayor: el hecho que un problema público logra capturar la atención presidencial -y en consecuencia la voluntad y recursos que conlleva su solución- en la medida que dicha problemática tienda a un escenario de extrema urgencia. La presencia de externalidades negativas y la necesidad de instrumentos de medición son demandas no de años, sino que de décadas en Quintero y Puchuncaví. Un centenar de atentados, incluido el asesinato al matrimonio Luchsinger-Mackay, tuvieron que ocurrir para que la máxima autoridad del país decidiera hacerse cargo del conflicto indígena de manera integral. Y la pobreza, en la Araucanía, no es un tema nuevo, sino que es tan añejo como la época en que Pinochet estaba en el poder.

La dificultad que estaría mostrando el sistema político chileno para responder a los problemas públicos no es trivial. Después de todo, la política se entiende como la actividad que surge para hacerse cargo precisamente de los problemas inherentes de vivir en sociedad. Entonces, ¿qué estaría fallando? ¿por qué se aprecia una capacidad reducida por parte del sistema político para responder a tiempo a problemas que surgen particularmente en los territorios?

Una posible explicación podría estar en los partidos políticos, en donde la deficiente democracia interna de los partidos nacionales, más las dificultades para desarrollar partidos regionales, podría sesgar negativamente el posicionamiento de temas locales en la agenda nacional. Estos hechos podrían estar dificultando el desarrollo de liderazgo locales, lo cual se aprecia -en parte- en las elecciones parlamentarias cuando los partidos políticos instalan en regiones candidatos sin un vínculo nítido con el territorio. Otra explicación podría asociarse a una administración del Estado muy centralizada, debido al rol secundario que cumplen las autoridades locales en la formación de políticas públicas y, en consecuencia, a su capacidad limitada para hacerse cargo de las necesidades locales.

Así y todo, tras este mes y medio debiese haber una reflexión más profunda respecto a cómo mejorar la capacidad de anticipación y reacción del Estado frente a problemas que están particularmente lejanos de la capital. Ya que, en Antofagasta las dificultades no se acotan al conflicto limítrofe con Bolivia, ni en la Araucanía a la pobreza, ni en Valparaíso a la contaminación. Los problemas y su intensidad varían de región en región y, tal como están las cosas, estos los conoceremos sólo cuando alcancen tintes de extrema urgencia.

*Publicada en El Mostrador el 12 de octubre de 2018.