La familia, la gran ausente en la discusión de la jornada laboral

Francesca Zaffiri
Investigadora

“Descargar los camiones no es un trabajo fácil, pero treinta años en lo mismo movían a Godoy. El mercado es su mundo”, es uno de los reconocidos relatos que caracterizan a Valparaíso en cien palabras. Si bien puede solo ser una historia, es también el reflejo de una pugna que siempre ha estado presente en la discusión política. Esto es, la relación entre trabajo y autonomía.

Bien es sabido que las condiciones laborales que gozamos hoy provienen de los movimientos obreros de inicios del siglo pasado, quienes lograron poner sus demandas en la agenda pública y, consecuentemente, fueron acogidas por el aparato público. La ley de la silla o el derecho al descanso dominical son ejemplos de ello y, si bien en la práctica buscaron metas diferentes, conceptualmente cumplen un mismo objetivo: otorgar condiciones básicas para dignificar a las personas.

Ciertamente ya no estamos en el siglo XX y, sin embargo, esta discusión es cada vez más relevante. Fuimos testigos en las últimas semanas de las distintas posturas respecto de la jornada laboral actual. ¿40 horas, 41, 45? ¡Se perderán 250 empleos! ¡La clave es la flexibilidad y gradualidad! Son algunas opiniones que nos dan a mostrar la necesidad de modernizar nuestra legislación laboral. Lo interesante es que la discusión ha dejado de centrarse en el núcleo más relevante para el Estado: la familia.

Una de las primeras frases de la propuesta legislativa -del 2017- de la diputada Vallejo propone que la reducción de horas laborales es necesaria para promover la vida en familia. Y en cierta manera lo es, porque en un escenario ideal, la familia es la primera unidad económica que, a través del trabajo, puede lograr el bienestar físico y económico. En el imaginario colectivo, la labor que ejercemos debiese llevarnos a una especie de emancipación de nuestras necesidades básicas y así comenzar a ser promotor del desarrollo.

La realidad dista de este escenario. Si bien puede tener varias aristas, observemos las siguiente. Actualmente, el salario mínimo es de 301 mil pesos, por lo que la mano de obra en Chile tiene un valor aproximado a los 6.700 pesos por cada hora trabajada. A ello añadamos que la mitad de la fuerza de trabajo chilena gana un sueldo de 400 mil pesos al mes y que el costo de vida en las ciudades es cada vez mayor. Ante un escenario de reducción de jornada laboral, ¿serán esas cinco horas empleadas para pasar tiempo de calidad con la familia?

La respuesta no parece ser positiva. Una persona que, a pesar de tener los medios para vivir, termina haciéndolo precariamente, si tiene la posibilidad de poder tener un ingreso extra, buscará obtenerlo. En otras palabras, si una persona que, con 45 horas trabajadas, tiene un sueldo que apenas le alcanza para cubrir sus necesidades básicas, si tiene la posibilidad de tener cinco horas menos que entregarle a su actual trabajo, probablemente no elija invertirlas en pasar tiempo con su familia. Porque si bien las empleará en provecho de ella, la propuesta de ley incentiva a que la persona termine teniendo un segundo trabajo o, incluso, un pololo, aumentando su sueldo real en provecho de las necesidades de su familia. Puesto que lo que denota este escenario es que gran parte de la población chilena, si bien tiene una labor dignificada con las reformas que se han logrado a lo largo de los años, lejos están de emanciparse y volverse autónomos de sus necesidades básicas.

Por lo tanto, la discusión de la reducción de la jornada laboral pasa, necesariamente, por una reflexión en torno al modo en que promovemos la vida familiar. Uno de los primeros pasos es promover la equidad. Comparativamente, los países en los que se ha adoptado una disminución de la jornada laboral (España, Estados Unidos, Países Bajos) han pasado por reformas estructurales para promover el equilibro entre los estratos socioeconómicos.

La enseñanza que nos dejan es que el peligro de tratar a la ligera -por ejemplo, con un proyecto de ley de dos articulados- un tema tan importante para el tejido de nuestra sociedad como lo es el trabajo es que podemos provocar problemas de inequidad. Reducir sin más la jornada laboral terminaría provocando que quienes podrán pasar más tiempo con sus familias son quienes ya pueden hacerlo actualmente y, por el contrario, las familias que no pueden tener sus necesidades solventadas terminarán usando esas horas para poder cubrirlas.

En definitiva, este es el gran ausente en la discusión sobre la jornada laboral. 40, 41 o 45 horas, forma parte de un debate necesario, mas no es suficiente para incentivar un modelo de trabajo que anteponga a la familia como motor de desarrollo. A fin de cuentas, el gran desafío recae en que nuestros tomadores de decisiones centren la discusión para que los trabajadores puedan, realmente, pasar más tiempo con los suyos.

*Publicada en El Líbero el 25 de agosto de 2019.