La suma de todos los males

Maximiliano Duarte
Investigador

La palabra “ingenuos” se queda corta para aludir a quienes piensan que la crisis actual tiene su origen en el aumento tarifario del metro. Las históricas manifestaciones de los últimos días son la respuesta social a una enfermedad silenciosa que se ha gestado a raíz de una serie de demandas que no han sido escuchadas por nuestras autoridades y que hoy tiene en vilo a nuestra institucionalidad.

“No somos ni de izquierda ni de derecha. Somos los de abajo y vamos a por los de arriba”. Esta frase contenida en un cartel viralizado en redes sociales permite aproximarnos a las razones que explican el descontento ciudadano. A diferencia de marchas anteriores en que las banderas partidistas coloreaban los primeros puestos de avanzada, las manifestaciones actuales no reconocen interlocutores políticos válidos. La dicotomía izquierda-derecha ha sido desechada de un plumazo por una ciudadanía que ha dicho basta y que hoy se rebela ante la autoridad.

Que no se malentienda. El descontento social no es contra los ricos, sino contra la clase política en su conjunto que se ha visto superada en la misión de establecer condiciones mínimas de calidad de vida. También es una cruzada contra los sinvergüenzas y los corruptos, aquellos que sutilmente elaboran subterfugios comunicacionales donde el delito es un “error involuntario” y donde la colusión y la estafa son “planificaciones estratégicas de mercado”. La gente honesta ha tomado conciencia sobre sí misma y se ha aburrido de esperar por soluciones que no llegan.

Quizás uno de los grandes culpables de esta debacle (o milagro, según el punto de vista) son los partidos políticos. Años delegando la responsabilidad más importante en personas incompetentes. En vez de mirar a la academia, la comunidad científica, o buscar personas capaces entre sus propias filas, pusieron sus ojos en los realities shows y en los programas de farándula en busca de aquellos candidatos que puedan traerles sus cuotas de poder. El resultado está a la vista, un Congreso en el que muchos de sus integrantes carecen de preparación y donde las discusiones redundan en las cuestiones más mezquinas. En resumen, cientos de miles de millones de pesos y horas desperdiciadas en peleas de perro chico donde la evidencia empírica de las propuestas de desarrollo brilla por su ausencia.

Pensiones, salud, delincuencia, educación, sueldos, desigualdad de oportunidades, etc. La lista de problemas a solucionar es interminable y el escenario social demanda que la clase política dé señales contundentes de querer recorrer un sendero distinto. La paz social y el orden son indispensables en un Estado de Derecho, y en eso no pueden existir discursos vacilantes. Pero también es cierto que, una vez que vuelva la calma, será necesaria una profunda reflexión respecto a la forma de relacionarnos y el Chile que queremos de ahí en adelante. En fin, una estrategia conjunta que nos permita dar esperanzas a un pueblo que hoy se siente ahogado por la suma de todos los males.

*Publicada en La Tercera el 23 de octubre de 2019.