La suma de todos los miedos

Gonzalo García
investigador

Va caminando al hospital con un cáncer a cuesta. Es una mujer vital, dirigente territorial en el lugar que vive. Pronto llega a su lugar de destino, necesita quimioterapia y va por ella. Abre la puerta, llega a recepción, entrega su orden médica y la recepcionista -indolentemente acostumbrada- le dice: “No tenemos insumos para la quimio”. Algo la quiebra por dentro, en silencio.

Se desplaza lentamente al Servipag más cercano, apenas puede caminar por su longeva vida que supera los 80 años. Llega, se “recibe del pago”. Son algo de 110 mil pesos. Con eso debe vivir todo el mes. Otra vez, se quiebra por dentro, en silencio.

Va a trabajar. No gana mal, puede mantener a su familia, se desvive por ella, la ama y por eso se levanta temprano, casi al alba para ir a ganarse el pan. Sin embargo, vive con miedo, no entiende bien eso del crecimiento económico. Escucha en las noticias que la cosa va mal, que crecerán solo a unos dos puntos y algo por ciento. Sin embargo, algo lo quiebra por dentro, en silencio.

Es exonerado político. Sufrió injustamente el despido de su trabajo. Por pensar distinto o tal vez, por no seguir una orden que era, a todas luces, injusta. Quedó sin el sustento del hogar, de la noche a la mañana, de brazos cruzados. Tiene que alimentar a su esposa y a sus dos hijos chicos, no sabe cómo. Comienzan las reparaciones por vulneración de derechos humanos, él llega tarde, la fecha de presentación de los casos terminó, no es considerado exonerado. Luego, escucha meses después, que hay una lista de exonerados políticos falsos que fueron beneficiados.  Ese día algo se quebró dentro de él, en silencio.

Es mamá, soltera, fue abandonada por su pareja. Va al supermercado, siempre ha escuchado que la competencia es la mejor manera para tener precios bajos. Va a comprar pollo, confiada en que es lo más barato para alimentar a su familia. No tiene trabajo, se dedica a sus hijos. Ese día escucha las noticias, colusión es la palabra que suena. Un grupo de empresas se había coludido para subir los precios de los pollos a conveniencia de ellas.  Ese día, algo se quebró dentro de esa madre.

Los dolores son grandes. A veces, constantes. Cuando ellos apremian nuestras vidas nos duele por dentro y callamos. Hasta que no podemos más, ahí sale un grito que intenta mostrar que sufrimos y lo logra. Sin embargo, también nos dan miedo, el sufrimiento da miedo y a veces paraliza. Pero cuando no queda otra que gritar, sale y agita, como lo que inicio esta situación en el país.

No voy a escribir de culpables o de diagnósticos pomposos. Lo que puedo decir es que algunos de nuestros queridos ciudadanos, compatriotas o hermanos, nos estaban gritando de dolor. Quienes tenían el deber de escuchar esos dolores por estatura del cargo, no lo hicieron. Al parecer, hablaban desde sus burbujas políticas. Ahora ellos, los oídos sordos están pidiendo disculpas en cada micrófono que les llega.

Lo único que nos puede salvar de una catástrofe mayor es el creer que ese perdón es verdadero. Sí, creer en el otro y comprender que nos equivocamos y que esos errores, si no se corrigen a tiempo son caros y dolorosos para todos.  Porque no habrá un nuevo Chile, si miramos al otro como un enemigo al cual debemos doblegar por la razón o la fuerza. Solo seremos un mejor y un nuevo país, si aceptamos que es mejor dialogar y ceder de verdad.

En ninguna parte del mundo se ha podido avanzar sin tranzar, sin que eso cueste vidas, cientos o miles de hermosas vidas. Yo no quiero que muera nadie más. Porque en tiempos de caos, lo que podemos dirigir son nuestras acciones. Y como tal debemos dirigirlas al bien común. No de nuestros amigos, sino que, de nuestros propios “enemigos”. Si de eso somos capaces, este país no será más rico o tal vez no sea OECD, pero sin duda será mejor y más grande que ayer, pues, no hay mayor satisfacción en la vida que ser justo.

*Publicada en La Tercera el 26 de noviembre de 2019.