La tragedia de Valparaíso

Por Valentina Vargas
Investigadora Fundación P!ensa

El pasado fin de semana se habría realizado una nueva versión del Carnaval Mil Tambores en Valparaíso. La suspensión del evento alegró a vecinos y autoridades comunales, quienes aludían a que el carnaval no transparentaba el uso de recursos públicos y que, además, las externalidades negativas de la fiesta ya no eran tolerables.

El Carnaval Mil Tambores se ve envuelto en la polémica cada año, principalmente por los desmanes y destrucción del espacio público que se genera por parte de sus asistentes. La basura, el exceso de alcohol, la delincuencia y el uso de las esquinas como baño público opacan, lamentablemente, la oportunidad cultural que una fiesta como esta entrega.

Sin embargo, lo que sucede con el carnaval parece replicarse en muchos otros encuentros masivos. El fútbol es un ejemplo de ello. Pese a que el programa Estadio Seguro buscó poner fin a la violencia, el pasado domingo fuimos testigos de una vergonzosa batalla entre delincuentes que terminó perjudicando y dañando a los mismos hinchas wanderinos. Desafortunadamente, este no es un caso aislado. La preocupación de presenciar estas situaciones se replica en otros clásicos futboleros, como el universitario o el porteño.

Otro ejemplo es la celebración del año nuevo en el puerto. Pese al sano motivo, usualmente se termina con efectos negativos no esperados en el espacio público, lo que deviene en toneladas de basura en las calles y en delincuencia.

Una característica común de estos tres ejemplos es que involucran gestión privada y pública. Pese a ser discutible la forma en que son dirigidos, usualmente cuentan con permisos establecidos, con mecanismos de seguridad (ya sea civil o de carabineros) y con una preparación pertinente de los espacios públicos. Entonces ¿por qué a pesar de la gestión de estos eventos nos encontramos con las externalidades negativas ya mencionadas?

Si bien debemos ser críticos de las gestiones deficientes de cualquier actividad pública, ¿no debemos también como sociedad hacer un mea culpa?

Es que al parecer, lo que subyace a estos problemas no tiene mucho que ver con las autoridades competentes (como nos gustaría), sino más bien con una responsabilidad compartida entre todos nosotros. En pocas palabras, nos hace falta mayor cultura urbana. Entender que mi basura es la basura de todos, que mis ruidos afectarán al vecino y que mis actos tienen consecuencias en los demás. El espacio público sufre de lo que Hardin entendería como la tragedia de los comunes. Es decir, cada uno de los ciudadanos actúa de manera independiente y sólo motivado por los intereses propios, lo que los lleva, en el extremo, a destruir un bien común (en este caso el espacio público). Sin embargo, ninguno de los agentes quiere verlo destruido. Esto, en simples palabras, es lo que sucede con quienes asisten al carnaval, al estadio o a la fiesta de año nuevo: cada uno busca satisfacer los deseos propios, sin considerar las consecuencias en la comunidad y esperando, pacientemente, que “otro” –en general la autoridad– lo solucione por mí.

Para resolver esto es necesario políticas de largo plazo que incentiven la convivencia pacífica y armoniosa dentro de los espacios públicos comunes. Pero también es necesario que cada uno de los agentes de la sociedad, es decir, nosotros, tomemos en serio el deber que como ciudadanos tenemos ante el uso de los espacios públicos.