Lamento provinciano

En nuestra sociedad todo pareciera ser superfluo, el mundo cambia más rápido que el hombre y los espacios de reflexión se pierden en números de caracteres que relativizan la experiencia del lenguaje. Cuando todo es veloz y el diálogo se agota en conversaciones desde trincheras es difícil plantear nuevas formas de entender un país. En este contexto pareciera ser que tenemos que empezar a escuchar otras voces. Somos afortunados de tener todavía poesía, de que existan una gran cantidad de escritores que se adelantan en el tiempo, porque a través de la observación diaria de los contextos sociales ellos tienden a darse cuenta de ciertos fenómenos, que quienes somos parte de la cultura del “24/7” nos demoramos en identificar. Un ejemplo de esto es lo que ocurrió en Estados Unidos con el triunfo de Donald Trump. Varios escritores estadounidenses desde hace años vislumbraban el  “lado b” del sueño americano a través de sus obras. Desde la llamada “Generación Beat”, pasando por Raymond Carver hasta llegar a Richard Ford o Philip Roth -por poner algunos ejemplos- se ha venido contando la historia de ese estadounidense promedio desencantado con las promesas de una vida mejor, del que poco sabíamos hasta la llegada de Trump. Especialmente los cuentos de Raymond Carver llaman la atención, por la descripción que hace de sujetos normales, que son los que no salen en las revistas de moda pero que también habitan, sufren, ríen -y votan- en cualquier suburbio de Estados Unidos.

En nuestro país tiende a pasar algo parecido. Hay voces que a lo largo del tiempo no hemos querido escuchar. Una de esas es la de Jorge Teillier, poeta que escribía desde la nostalgia por esos valores que encarnan las aldeas y pueblos de Chile, rescatando a las provincias del olvido y de la homogenización que vacía las experiencias locales.  “Los poetas nuevos han regresado a la tierra, sacan su fuerza de ella” dice Teillier en un texto, donde en otro párrafo señala que sus versos surgían no solo de su propio origen provinciano sino que también de un rechazo no tan consciente a las megalópolis que desalojan el mundo natural y van alejando a los hombres de sus centros. 

Lamentablemente, toda esta forma de ver y entender el mundo, “la poesía de los lares” como se le llama, ha caído en el olvido. El problema es que perder el lenguaje del territorio no solo significa que ciertas voces dejen de ser escuchadas, sino que también nuestra disposición frente a esos lugares, y los problemas que ahí ocurren, tiende también a extraviarse. En la actualidad, la noción que se tiene en la capital respecto a las provincias y a quienes habitan ahí suele ser bastante despectiva, como si nacer y vivir fuera de Santiago fuera un pecado de origen, insalvable para algunos. Como se suele decir, el lenguaje genera realidades, y esa denostación a la provincia incide en la latente desconfianza respecto a la capacidad de las regiones para hacerse cargo de sus problemas, lo que termina siendo determinante a la hora de diseñar las políticas públicas relativas al centralismo.

Nadie, por lo menos en público, duda de que en Chile necesitamos darle más justicia a nuestras regiones. El problema es que entre el dicho y el hecho hay una brecha enorme. Porque todos dicen querer acabar con el centralismo, pero la élite -que se disputa el poder en cuatro comunas de la capital- no está dispuesta a hacerlo. Entonces, otro aspecto central es la voluntad, porque si el tema fuera solo desconfianza, podríamos haber seguido hace tiempo la experiencia de países como Canadá, Francia o Alemania, quienes se hicieron cargo de la ausencia de capacidades en las regiones a través de contratos entre los gobiernos centrales y regionales. Estos instrumentos -según la OCDE- han permitido manejar las interdependencias entre niveles de gobierno, gestionar las relaciones entre los territorios, mejorar la coordinación entre niveles de gobierno, desarrollar mecanismos de gobernanza y -lo más importante- transmitir capacidades.

Para que esto pueda funcionar en Chile es necesario que exista un proceso, donde los contratos sean el primer paso para ir preparando el traspaso definitivo de ciertas competencias a las regiones. Este proceso debe culminar en la creación de servicios públicos que dependan del gobierno regional y  que sean capaces de ejecutar esas competencias.

Con las cosas tal como están, resulta muy difícil creer que la clase política actual podría asumir un desafío de tal magnitud. Muchos no han querido ni siquiera hacerse cargo de la condición primera de este -y de cualquier- proceso de descentralización, cuál es la elección de los gobernadores regionales. En este aspecto preocupa especialmente el silencio del ex Presidente Piñera respecto al tema. Como decíamos, el lenguaje construye realidades, y que el candidato con mayores probabilidades de triunfo no diga nada respecto al tema parece sugerir que tendremos que esperar otros cuatro años más. Para quienes sufrimos el centralismo todos los días, ese silencio vale mucho más que mil palabras.

*Publicada en La Tercera el 6 de Octubre de 2017