Las corbatas de la discordia

Cuando estaba en el colegio, hace varios años, una profesora nos enseñó el famoso Manual de Carreño sobre urbanidad y buenas maneras. El ejercicio no quedó sólo en el repaso de los comportamientos adecuados, ya que se nos pidió elegir algunas de las lecciones del libro para actuarlas en la clase siguiente. Lo que más recuerdo de ese momento -bastante surrealista- son las risas y burlas de mis compañeros respecto a la ceremoniosa actitud de la profesora, que actuaba como si a la hora siguiente fuéramos a tomar té con la Reina Isabel. No se puede dejar de mencionar la lejanía que sentíamos respecto a algunos de los consejos que aparecían en el célebre texto, cuya formalidad parecía excesiva y anacrónica. Frente a nuestra incredulidad, la profesora se molestaba, se enojaba, no podía entender que nos causara risa, y esto, a su vez, nos alejaba totalmente del aprendizaje que se quería lograr.

Lo que ocurrió en el Congreso la semana recién pasada con Jaime Bassa también tiene algo de eso, un abismo entre épocas que es posible notar cuando se exacerban ciertas formalidades que parecieran estar fuera de tiempo y contexto. Llama la atención las consecuencias que puede acarrear esta suerte de incapacidad para comprender las diferencias generacionales.

La idea no es hacer un juicio de valor sobre la obligación de vestirse de tal o cual forma; para eso están los reglamentos internos y hasta los programas de farándula. Por lo tanto, no es el propósito de estas líneas criticar a los diputados por defender a ultranza las corbatas, lo que tampoco implica caer en el extremo de obviar los límites racionales del decoro y la buena educación. Así las cosas, la cuestión central parece estar en que la frontera entre formalidad e informalidad no es fija y cambia dependiendo de los contextos y las fechas de nacimiento de los involucrados.

Fortalecer una horizontalidad bien entendida, que envuelva un conocimiento real del “otro”, nos permitiría comprender mejor las necesidades de las diferentes generaciones ya no desde el altar de la experiencia, sino que como iguales.

Lo que si podríamos juzgar de los “diputados corbatistas” es la mala lectura de un contexto actual que rehúsa de los formalismos, donde -por ejemplo- el mundo privado ha ido alejándose poco a poco de la excesiva formalidad, a través de la proliferación de los “home office” y la obsolescencia del terno como uniforme de trabajo. Esto no quiere decir que en el Congreso deba existir mayor informalidad, que se saquen chaquetas y corbatas o se corten el pelo a lo Gabriel Boric, sino que tiene que ver con que los parlamentarios de mayor experiencia entiendan los valores y supuestos que implica compartir de igual a igual con jóvenes de épocas diferentes y con los que deben llegar a una serie de acuerdos políticos. La excesiva verticalidad que genera la diferencia de edad puede acarrear más costos que beneficios, sobre todo en un contexto como el actual, teñido por la escasa participación y la desconfianza hacia las instituciones. Propender a relaciones más horizontales consiste en ir creando una actitud de no sacralizar lo antiguo por pura nostalgia, lo que no es de por sí una falta de respeto a las instituciones o a quienes son mayores. Me atrevería a decir, incluso, que fortalecer una horizontalidad bien entendida, que envuelva un conocimiento real del “otro”, nos permitiría comprender mejor las necesidades de las diferentes generaciones -adultos mayores y niños incluidos- ya no desde el altar de la experiencia, sino que como iguales.

Por otro lado, las nuevas generaciones también deben considerar las ideas prevalecientes en las dinámicas de antaño con el objeto de ser más eficaces en la consecución de sus objetivos políticos. Esto no significa ceder a lo corruptivo, sino que tiene relación con el hecho de volcarse a la búsqueda de acuerdos considerando también las formas usadas por los incumbentes. Una de las grandes falencias del Frente Amplio ha sido precisamente esa creencia de que la juventud por sí sola es una virtud política, lo que los ha llevado a actuar en varias ocasiones como si la historia comenzara con ellos. Esto, a la larga, puede conducirlos a la misma verticalidad de las generaciones anteriores.

En Valparaíso sólo una de cada cinco personas ha participado alguna vez en su vida en una actividad solidaria o de voluntariado.

En este mismo sentido, la encuesta de evaluación política del año 2017 de Fundación P!ensa ha revelado una serie de datos de la región de Valparaíso que tanto diputados “corbatistas” como “no corbatistas” debieran mirar para entender mejor el contexto, especialmente quienes son parlamentarios por la zona. Casi el 70% de los habitantes de la región de Valparaíso no participa en ninguna organización, ni siquiera en juntas de vecinos, clubes deportivos o sindicatos. En el caso de los partidos políticos, la situación es todavía más trágica, ya que sólo el 1% de los habitantes de la región pertenecen a alguno. Para aumentar la desazón, en Valparaíso sólo una de cada cinco personas ha participado alguna vez en su vida en una actividad solidaria o de voluntariado.

Esos números revelan una apatía que no es sólo responsabilidad de gente que no participa, sino que también de ciertas instituciones que no hacen mucho por revertir la situación. Es común ver a políticos aludiendo a la importancia de confiar en los procesos y en las instituciones, pero cuando las discusiones son tan fútiles cómo está, resulta bastante complejo entender -y querer ser parte- de la lógica político-partidista. ¿Qué señal finalmente se está dando a la opinión pública? ¿Hay alguna visión de sociedad subyacente en torno a esta discusión? Sería imprudente decir que sí.

Un contraste a todo esto se ve en el accionar de Joaquín Lavín, quien en los últimos años ha afinado su olfato político, transformando en agenda nacional cada proyecto que desarrolla en su comuna. A pesar de las críticas que uno podría hacer en torno a su figura, el alcalde de Las Condes ha logrado una sintonía con la ciudadanía que parlamentarios de lado y lado debieran considerar como un insumo para leer mejor los contextos. Esto ha llevado incluso a que Lavín surja como una alternativa de continuidad para una derecha que se ha visto extraviada y que ha dejado entrever su poca capacidad para instalar prioridades.

Por último, lo más lamentable de toda esta discusión es su existencia. Que la corbata sea el tópico de la semana refleja que en reiteradas ocasiones las prioridades no están en lo importante. Paradójicamente, esto es lo que buscan representar, a través de su propia formalidad, chaquetas y corbatas.