Los ascensores, más que un romántico viaje turístico

Gonzalo García Cañete
INVESTIGADOR

Innegable es esa extraña sensación al andar en ascensor, por ejemplo, cuando uno va subiendo el de cerro Barón, se eleva lentamente y va mostrando la vista a la bahía: conmueve por su belleza. A su vez, elogia el hermoso cordón de cerros playanchinos. ¡Cuántas vistas de atardeceres a las que lleva ese funicular cuando se llega al mirador!

Otro emblemático es el ascensor El Peral, que está más cercano a Plaza Sotomayor, empinado como ninguno, parece ser que algo va a pasar. Pero no, se mueve lento y seguro para dejarlo a uno, a los pies del museo Barburizza.

Sin embargo, uno de los ascensores más conocidos -junto al Artillería ubicado en el Paseo 21 de mayo-, se precipitó a tierra, dejando a 5 personas heridas de distintas condiciones, Dios mediante, nada muy grave para ellas. La peor parte se la llevó el ascensor que, obviamente, quedó bueno para nada.

Entonces, cabe preguntarse ¿Cómo es posible que un ascensor, entregado hace menos de un año a la comunidad, se caiga? ¿Qué pasó con la mantención? ¿Quién es el responsable? Nuevamente, parece ser que la pelota de la responsabilidad va del Ministerio de Obras Públicas al municipio y viceversa. Como tantas cosas en nuestro puerto, al final, nadie es responsable ni es capaz de levantar la mano y decir: “hemos fallado en la mantención de este ascensor”.

Es importante que las instituciones se hagan cargo de lo que dejan de hacer, para evitar ese triste espectáculo del “yo no fui”. Porque los ascensores, son tal vez, un último resabio de una época bonita en donde el medio de transporte conversaba con la ciudad de tú a tú y respetaba su geografía. El ascensor, es eso, es un medio de transporte adecuado al lugar que pretende conectar, el arriba con el abajo de un cerro.

Es por lo anterior que urge dejar de mirar a los ascensores como románticos vestigios de madera que se mueven lentamente y son para la foto. Pues, si se logran tratar como un medio de transporte más, podemos construir un sistema de transporte porteño en el que convivan armoniosamente: el tren, el trole y el ascensor, como ninguna ciudad del país puede.

En cuanto a la pelea de quien es responsable de que se caiga un “ascensor nuevo y emblemático”, en realidad da lo mismo. Lo que no, es que alguien está haciendo mal su trabajo y debe dejar de apuntar al otro para salvarse el pellejo de pagar los daños causados.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 23 de febrero de 2020.