Los niños segundos en la fila

Pedro Fierro Zamora
Director de Estudios

Vergüenza e indignación. Probablemente estas dos sensaciones estuvieron presentes en muchos de nosotros a raíz de la traumática tramitación en la cámara de diputados del proyecto que pretende aumentar los fondos para las residencias colaboradoras del Sename.

Recordemos que, antes de ser aprobado este miércoles en sala –con los votos en contra del Partido Comunista y de parte del Frente Amplio–, la iniciativa debió pasar por las comisiones de Constitución, Familia y Hacienda. Fue precisamente en la segunda donde parlamentarios de la ex nueva Mayoría y del Frente Amplio (más un disidente de Renovación Nacional) decidieron rechazar el artículo que financiaba a los organismos privados que colaboran con el Servicio Nacional de Menores. Así, uno de los afectados era nuestro emblemático Refugio de Cristo.

El argumento que esgrimieron los diputados para rechazar la iniciativa se relacionaba con las irregularidades en que habrían incurrido ciertos centros privados. Se sostuvo –con una generalización francamente sorprendente– que estos organismos colaboradores habrían estado involucrados en la vulneración de niños y niñas. Como si en los centros del CREAD, administrados por el Estado, nunca hubiera pasado nada reprochable.

Sin embargo, analizando la breve historia en la tramitación de este proyecto, nos podremos dar cuenta rápidamente de que el problema parece ser más político que técnico, con un Partido Comunista rechazando sistemáticamente el aumento en la subvención y un Frente Amplio que terminó (nuevamente) dividido. Pero, ¿cuál es ese problema político al que nos referimos?

En un brillante pasaje de La democracia en América –publicado a mediados del siglo XIX–, Alexis de Tocqueville realiza una elocuente comparación entre la forma en que franceses y norteamericanos se planteaban los asuntos públicos. A propósito del problema de la embriaguez que parecía azotar a Estados Unidos, el intelectual francés nos recuerda su sorpresa al ver a una tropa de 100 mil norteamericanos comprometiéndose a no hacer uso de licores fuertes. Si bien asume que inicialmente la cosa le pareció más ridícula que seria, el autor termina comprendiendo que estos hombres y mujeres (comunes y corrientes) buscaban obrar en función de un interés público, intentando inspirar al resto de los ciudadanos. Sin embargo, el sociólogo galo reconoce irónicamente que, “si esos cien mil hombres hubieran vivido en Francia, cada uno se habría dirigido al gobierno suplicándole que vigilase las tabernas en toda la superficie del reino”.

Ese breve texto nos ayuda a dilucidar lo que verdaderamente subyace al rechazo de la subvención de los organismos colaboradores del SENAME. Hablamos del desprecio –por parte de algunos diputados– respecto al rol de la sociedad civil en la búsqueda de soluciones públicas, tal y como hubiese ocurrido bajo ese estatismo francés que relata Tocqueville. En otras palabras, lo ocurrido en la cámara fue una toma de decisión ideológica. Porque ahora son los centros de acogida, pero en su minuto fueron los colegios subvencionados, las universidades privadas (esas “acreditadas y de calidad”), las instituciones médicas que reclamaban objeción de conciencia, el proyecto compromiso país e incluso la Teletón. Sin ir más lejos, recordemos que el diputado Jackson –uno de los que rechazó en la comisión de hacienda la subvención– declaró hace algunos años que se avergonzaba de donar a la Teletón, la cual la calificaba como un “supermercado de la caridad”.

Por todo lo anterior, no es tan fácil esconder la indignación que ha despertado este caso que involucra a los menores más vulnerables de la población. Y es que, al parecer, para varios actores políticos los niños definitivamente están segundos en la fila. Justo después de su ideología.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el domingo 25 de noviembre de 2018.