Maquiavelo y Venezuela

Francesca Zaffiri
investigadora

Si Nicolás Maquiavelo viviese en la actualidad, perfectamente sería un analista político. En esta línea, una de sus obras más famosas, El príncipe, podría calzar en la categoría de un libro de recomendaciones. A pesar de que tanto el autor como su legado respondieron a un contexto propio del sigo XVI –conformación y mantención de los principados romanos-, en la actualidad han comenzado a surgir eventos políticos que pueden ser analizados a partir del pensamiento del fallecido filósofo.

Uno de estos sucesos es la crisis política por la que está pasando Venezuela. Si bien es económica, social y humanitaria, indicar que es una crisis de lo político significa reconocer que hay una pugna por la concentración del poder en toda su expresión. Si bien la crisis se viene gestando desde los tiempos de gobierno de Hugo Chávez, no es sino hasta que Nicolás Maduro llegase a ser presidente que comenzó a haber un quiebre institucional en todas las áreas de la vida que, de una u otra manera, le competen al estado. Por lo tanto, no es baladí hablar de poder porque es lo que, tanto Maduro como Guaidó, tratan de legitimar.

Por un lado, Nicolás Maduro ha logrado concentrar los diferentes poderes del estado y, al ser comandante en jefe de las fuerzas armadas, tiene el monopolio del poder armamentístico. Por otro, Juan Guaidó tiene el apoyo de la comunidad internacional, dotándolo de un poder blando que ha sabido utilizar para generar influencia en sus ciudadanos y presión externa para que el presidente electo entregue pacíficamente su cargo. Ambas posiciones de poder han generado que el costo político de tener un enfrentamiento real sea demasiado alto.

No obstante, pronto serán tres meses desde que Venezuela tenga una dualidad de presidentes y, concretamente, no hemos sido testigos del cambio que se esperaba tener, sino solo una perpetuación de las denigrantes condiciones de vida de los venezolanos. Generar cambios de régimen no es algo que ocurra a la ligera y tampoco existe una única fórmula aplicable. La ola de autoritarismos latinoamericanos del siglo XX nos ha enseñado el valor que tiene la autodeterminación de los pueblos como principio democrático, por lo que actualmente hablar del concepto intervencionismo revive experiencias que, culturalmente, no se quieren volver a repetir.

Así y todo, de a poco se va germinando un nuevo escenario venezolano. La creciente polarización del apoyo a los gobernadores del país, sumado al ingreso de los aviones militares del kremlin y la clara postura de Estados Unidos, resultan ser indicios de que la pugna por el poder en Venezuela se refleja, en parte, por la disputa hegemónica que caracteriza a ambos países. Oriente versus occidente, estos países ven sus intereses refulgidos en la crisis política actual. Este contexto se ve tensionado cada vez más ante el peligro de que Venezuela, en vez de lograr un cambio de régimen pacífico, termine siendo un escenario de disputa entre ambos países y, por lo tanto, ideologías. Si bien lo anterior es un supuesto, advierte que las actitudes propias de ambos países corresponden a una especie de intervencionismo suave o en cuotas.

Este es uno de los peligros que advierte Maquiavelo en El príncipe. Si la preocupación del polítólogo era mantener a los estados unidos y asimismo a la república romana, el caso que nos convoca busca mantener la protección del país bajo la concepción que hoy tenemos de democracia. A pesar de que sus recomendaciones políticas datan de hace cinco siglos, una de sus enseñanzas más importantes se condice directamente con la crisis venezolana actual. Porque, en la medida en la que un presidente cuyo país se cima por medios ajenos no será nunca de él puesto que “dependen de la voluntad y fortuna de quién les ha concedido el trono”.