De mujeres y movimientos sociales

Por Guillermo Pérez Ciudad
Investigador Fundación P!ensa

Los movimientos sociales de los últimos años han puesto sobre la mesa temas que durante mucho tiempo estuvieron esperando su oportunidad para ser parte de la discusión pública. Los movimientos sobre educación, AFP y otros con base territorial -como el ocurrido en Aysén hace algún tiempo- fueron relevantes para girar en varios grados los ejes de la agenda política de los últimos gobiernos. En la actualidad, los casos de acoso sexual y las brechas de género han puesto sobre el tapete el problema de ser mujer en Chile.

La eficacia de estos movimientos para modelar la agenda política no es solo patrimonio del contexto o de la habilidad de sus dirigentes, sino que también es fruto de la inconsistencia de las dos principales coaliciones de nuestro país. Tanto la Nueva Mayoría -o como se llame ahora- y Chile Vamos parecen no tener claro hacia dónde van y son pan de cada día las famosas “vueltas de chaqueta”. Estos repentinos cambios responden principalmente a incentivos electorales, a una suerte de obsesión por la encuesta semanal que provoca salidas rápidas y efectistas frente a los problemas. Es aquí donde las coaliciones, en especial la que gobierna, deben ser capaces de medir y encontrar ese delgado equilibrio, donde ceder ciertos aspectos programáticos -asunto propio de la política- no implique gobernar considerando solo el porcentaje de aprobación.

No está de sobra decir que gobernar exclusivamente a través de las preferencias puede traer dificultades al oficialismo. Distinto es el caso de los movimientos sociales, a los que esta forma de actuar de la clase política puede serles de suma utilidad, ya que es en ese espacio de ambigüedad donde se encuentra el lugar para instalar temas en la discusión pública.

En un principio esta facilidad para provocar agenda es útil, pero en el mediano plazo puede causar problemas, sobre todo durante el largo trecho -desde “la calle” al Congreso- que recorren las propuestas de los movimientos sociales. Si nuestra clase política, tan cortoplacista, evita la labor de propiciar un debate real sobre lo que plantea la ciudadanía, hay solo un paso para que -cuando se extremen las posturas- se legisle con frases grandilocuentes que no resuelven el fondo del problema. Así es muy fácil que ideas, en principio nobles y legítimas, se desvirtúen.

No podemos permitir que ocurra esto con las mujeres. Sabemos que en nuestro país hay un problema grave y las manifestaciones de las últimas semanas así lo han demostrado. La pregunta viene sola, ¿van a estar dispuestos los dos grandes conglomerados a tener un debate con altura de miras? A pesar de todo lo que ha pasado, aún no lo sabemos. Solo tendremos claridad cuando la discusión se encauce todavía más y veamos si se centra en lo trascendental o en aquellos temas propios de las élites, como la inclusión de igual cantidad de mujeres y de hombres en las bibliografías de los cursos universitarios.

Es comprensible que frente a siglos de injusticia las mujeres alcen la voz con fuerza y a través de posturas radicales. Pero esa radicalización no nos puede llevar a absurdos y debe tener como límite el sentido común. Los excesos producen rechazo, banalizan la discusión y caricaturizan a todas las que abogan noblemente por esta causa.

Creo que interpreto a varios con lo que voy a decir. Estamos con las mujeres, sabemos que el problema es urgente y tenemos que poner todo lo que esté a nuestro alcance para resolverlo. Solo hay que tener cuidado con que, a través de una clase política que tiende a la superficialidad del debate, las posiciones más extremas y radicalizadas no transformen esta lucha en una caricatura difusa y carente de sentido.

*Versión publicada en la edición de Junio de la revista Costa Magazine.
Original publicada en El Líbero.