No culpemos al termómetro de la fiebre

Jaime Lindh
Coordinador de Opinión Pública Fundación P!ensa

La caída en la nota promedio de los alcaldes de un 5,3 a un 4,8; el aumento de la corrupción percibida en el Congreso desde un 70% a un 77% y, sobre todo, en los Tribunales de Justicia de un 58% a un 71%, fueron y, probablemente, seguirán siendo uno de los hallazgos más preocupantes de la 4ta de la Encuesta de Opinión Política de la Fundación P!ensa (EOP). ¿Cómo interpretar estos datos? ¿Qué nos están revelando?

Partamos por lo que no son. Las encuestas son instrumentos que capturan las opiniones y actitudes de los encuestados. En consecuencia, los altos niveles de corrupción percibida en distintos organismos públicos y las malas evaluaciones no son dictámenes que muestran un uso indebido de fondos públicos o procesos administrativos ejecutados fuera de la ley. Ni mucho menos son prueba de delitos penales. Para aquello están la Contraloría y los Jueces.

Los resultados de la encuesta representan la opinión de la ciudadanía. Y en este caso están revelando una mirada crítica que se acentúa año a año respecto a las autoridades políticas de la región. Entre sus causas puede haber factores de gestión. Recordemos que la pasada Encuesta de Calidad de Vida P!ensa-18 pasado nos revelaba que los habitantes de la región se sentían más inseguro en sus barrios, más descontentos con el transporte público e insatisfechos con su entorno urbano. Y también, por supuesto, es incidente la agenda pública del último tiempo que ha estado marcada por acusaciones e investigaciones en curso por eventuales casos de corrupción.

Independiente de su causa -probablemente sea una mezcla entre estos distintos factores- la EOP no está exagerando ni sobreestimando la opinión de las personas. Los datos son datos; pueden doler, pero no negar. Y hoy por hoy nos muestran una realidad compleja y grave. En ese sentido, las autoridades deben internalizar que esta es la base y desde aquí se deben empezar a construir confianzas y legitimidades, aspectos esenciales para la gobernabilidad de nuestras instituciones. Por supuesto, que puede ser injusto por esos jueces y políticos que se esfuerzan por realizar una gestión proba y efectiva. Sin embargo, negar esta realidad sería hacerse trampa en el solitario. No olvidemos que una enfermedad se cura en la medida que tengamos un diagnóstico claro. No culpemos al termómetro de la fiebre.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el domingo 12 de agosto.