No podemos vivir sin poesía

Por Guillermo Pérez Ciudad
Investigador Fundación P!ensa

Hace varios años fui a una lectura poética de Raúl Zurita en La Sebastiana. Nunca lo había visto recitar y fue una experiencia que me marcó. Con el ímpetu propio de quien no tiene nada que perder, me acerqué a Zurita una vez terminado el encuentro y torpemente le pedí que escribiera algo en un cuaderno que llevaba conmigo; necesitaba atesorar lo que había pasado en ese lugar. Él accedió amablemente y escribió: “¡Fuerza, fuerza, fuerza! Porque estos no son buenos tiempos para la poesía”.

Es cierto, estos no son buenos tiempos para la poesía. No son buenos tiempos para lo que es intangible y no se puede medir. No son buenos tiempos para explorar nuestra existencia y caer al fondo de nosotros mismos, para ver ahí -como dice el mismo Zurita- el fondo de la humanidad entera.

Y la muerte de Nicanor vino a ser un bálsamo que por pocos días trasladó la poesía a un lugar donde no estará por mucho tiempo. Si bien, el fervor masivo que ha provocado su muerte surge del cariño profundo de un Chile al que el poeta acompañó durante casi la mitad de su historia republicana, también puede tener cierta relación con la manera en que enfrentamos (o no) las grandes preguntas que dificultan nuestra existencia.

Hoy buscamos que algún gurú nos señale los diez pasos para ser felices, compramos libros con recetas para el éxito y tomamos pastillas para evitar la angustia que se pega al alma. Acudimos a Nicanor sedientos de esas respuestas que nos permitan completar nuestras existencias. Así, el poeta se fue transformando en una especie de ser mitológico que nos acercaba a una cierta verdad, que nos dejaba preguntas existenciales mientras trataba de responderlas, que intentaba encontrar con desesperación el sentido de la vida y que no dejaba de buscar, siempre buscar.

A pesar del poco valor que le asignamos a la poesía en nuestra vida cotidiana, de manera inconsciente buscamos eso que no se puede ver, lo intangible, la conexión del sentir y la razón. Nicanor intuyó esto mucho antes que nosotros y bajó a los poetas del Olimpo, devolviéndolos a la tribu.

Lo que siempre le vamos a deber a Parra es precisamente eso, que nos haya devuelto la poesía y le haya arrebatado los excesos propios de la solemnidad. En una época en la que prescindimos de la palabra, surge la voz del poeta para contarnos -con nuestro lenguaje común- que la vida y el arte no se pueden entender por separado, que la vida sin arte está incompleta.

La tarea más próxima no es inaugurar estatuas, calles o museos que lleven su nombre. Lo que debemos hacer ahora es leer su obra y entender que, a pesar de la vorágine de nuestra sociedad, no podemos vivir sin poesía.