Notre Dame y el patrimonio en peligro

Tomás Villarroel
Investigador

Pocos quedaron indiferentes ante el incendio de la catedral de Notre Dame hace pocos días. Lo que el mundo vio por televisión era cómo se inflamaba un símbolo icónico de nuestra sociedad occidental. Es que esa construcción condensa en una nave no sólo arquitectura, arte, cultura y espíritu de todo un mundo: también refleja un largo proceso colaborativo que tardó siglos en levantar el portento que hoy admiramos y que enlazó a incontables generaciones. Notre Dame es un símbolo de civilización. Por eso, los herederos de ese legado lamentamos su pérdida.

Guardando todas las proporciones una situación análoga ocurre, al menos desde el punto de vista del status formal, con Valparaíso. La excepcionalidad de la ciudad puerto hizo que la UNESCO la hiciera acreedora del título de Patrimonio de la Humanidad. Este patrimonio también se ve amenazado. Entre otros peligros, también acecha -como en París- el fuego. Cuántos edificios patrimoniales se incendian año tras año. Lo que queda son ruinas, sitios eriazos y vandalizados o construcciones de baja monta (en El Almendral, Barrio Puerto etc.) que destruyen la continuidad histórico-estética de calles y barrios.

En el caso de Notre Dame, rápidamente se conocieron iniciativas públicas y privadas para la reconstrucción. En Valparaíso tales propuestas brillan por su ausencia. Llama la atención que incluso las pocas convocatorias que han existido -como la Mesa del Patrimonio del exintendente Aldoney-, han muerto sin pena ni gloria. ¿Qué pasa en Valparaíso, donde salvo la excepción de tres cerros, la ciudad y su patrimonio siguen en la ruta del abandono y deterioro? Es sintomático que mientras todos dicen amar la ciudad patrimonial no se logre aunar voluntades. En París la sociedad completa -estado, gobierno local y sociedad civil- se ha unido para recuperar el patrimonio perdido. Valparaíso no es Notre Dame, eso es evidente. Tampoco lo es en lo que dice relación con el cuidado y conservación de la ciudad.

Con todo, tres aspectos podrían incidir -entre otros- en un cambio. Primero, una legislación patrimonial actualizada que desburocratice y favorezca la recuperación de edificios con incentivos a la puesta en valor. Hoy el status de Patrimonio Histórico es una camisa de fuerza para sus propietarios y la consecuencia es el deterioro sostenido. Segundo, la instalación de un alcalde mayor o la creación de un gobierno metropolitano dotado de facultades ejecutivas que permitan romper la inercia actual en el Gran Valparaíso. Tercero, el ejemplo de la fundación Procultura, que con puestas en valor patrimoniales a lo largo del territorio nacional ha hecho un valiosísimo aporte en este ámbito. Una ciudad patrimonial bien cuidada provee, esto se sabe, desarrollo económico, autoestima e identidad a las personas que la habitan. La arquitectura y el patrimonio construido -correlato del patrimonio natural- es en definitiva una materialidad que da lugar al pensamiento, a las emociones y a las mismas artes. De ahí que se diga, no sin razón, que es calidad de vida y bienestar.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 13 de mayo de 2019.