Progresismo con olor a Starbucks

La misma semana en que el Congreso discutió la relevancia del tema de las corbatas, Jorge Olivares tomó su revólver y le disparó a su esposa Elsa Ayala, para luego suicidarse. Llevaban 55 años casados. Él tenía 84 y ella 89. Él ya sufría los embates de la vejez y ella iba a ser trasladada a un asilo producto de una incipiente demencia senil. Ese es Chile, lleno de contradicciones. Un país que, mientras discute la pertinencia del “todes” o “todos”, cuenta con la tasa más alta de suicidios de adultos mayores en el continente.

Si a esto le sumamos lo que sigue ocurriendo en el SENAME y el descuido a cuestiones tan relevantes como la pobreza, podemos notar que algo está fallando en la definición de nuestras prioridades. Lo más serio es que son pocos los que quieren darse cuenta de ello. Es como si no fuéramos capaces de mirar más allá de lo que nos afecta.

Y en esto surgen una serie de contradicciones que pueden ser complejas de asumir, especialmente para ese progresismo que dice defender a los olvidados y marginados de la opresión del sistema. Ese mismo sector que alza las banderas del lenguaje inclusivo y otras discusiones de élite, se ha preocupado de ir poniendo en la palestra una serie de temas como si fueran verdades absolutas e indudables, que no admiten disidencias. La corrección política, tan conocida en otras latitudes, se importó a nuestro país y hoy causa estragos en una opinión pública que veta posiciones cada vez con más fuerza y que pareciera estar dominada por esa élite progre que -al igual que un niño con pataleta- no deja hablar a nadie hasta que le regalan el dulce.

El sector progresista -que dice luchar en contra del sistema neoliberal, la explotación y el individualismo- es el mismo que apoya el aborto con un argumento digno de cualquiera de esos libertarios que dicen aborrecer: la libertad de la mujer para decidir sobre su propio cuerpo.

Si bien es cierto que abrir los debates es siempre enriquecedor, varios de los argumentos esgrimidos por ellos para legitimar algunas de sus causas no pueden ser más contrarios al ideario político que supuestamente los identifica. El aborto, quizás, sea el caso más representativo de aquello. El sector progresista -que dice luchar en contra del sistema neoliberal, la explotación y el individualismo- es el mismo que apoya el aborto con un argumento digno de cualquiera de esos libertarios que dicen aborrecer: la libertad de la mujer para decidir sobre su propio cuerpo.

Ahí hay una contradicción que tarde o temprano ocasionará consecuencias políticas, toda vez que el acomodo constante de ideas con el objeto de hacerlas calzar con la realidad que se desea imponer puede crear vacíos peligrosos. Esto ha generado que ciertos partidos políticos o coaliciones se transformen en grupos sin fondo ni contenido, dedicados exclusivamente a hacer el lobby adecuado para impulsar ideas importadas que puedan ser útiles al cálculo político.

Así es muy complejo que la izquierda se pueda rearmar. No es posible crear una oposición fuerte y constructiva a través de ideas sueltas. Algunos han asegurado que el aborto libre puede ser una razón de unión para volver a formar una coalición de izquierda potente. Es muy dudoso que sea así, ya que las causas que hoy podrían articular a la oposición no son parte de un modelo integral que sea oponible al sistema que rige hoy a Chile y en el que están inscritos gran parte de los países del orbe.

Si la izquierda quiere avanzar de verdad, y no sólo a través de este progresismo con olor a Starbucks, debe volver a mirar a quienes decían defender antes de que comenzaran a traer a Chile las ideas de moda. Ancianos, niños y pobres están esperando que alguien vuelva a escucharlos.

*Publicada en El Líbero el 5 de agosto de 2018.