¿Ruido o Tambores?

Por Tomás Villarroel Heinrich
Investigador Fundación P!ensa

Parece el mito del eterno retorno. Todos los años a fines de septiembre regresa el ruido en torno a los 1000 Tambores en Valparaíso. Y este año ha generado más ruido que nunca. No es que el festival no tenga un valor cultural. Posee un momento cultural. Asimismo los impactos negativos del evento son conocidos: ruidos molestos, basura y suciedad, rayados, espacios públicos convertidos en baños, alcohol y marihuana a raudales. No hay más ley que la que se da uno mismo, pensarán algunos, claro que no en sentido de la civilidad kantiana, sino en el sentido del frenesí que no se detiene ante el daño propio y que va más allá: en perjuicio del espacio público y de las  personas que lo habitan.

¿Cuál es el problema entonces? ¿Es la cantidad de asistentes? Parece que no. El elemento cuantitativo ciertamente supone un desafío importante, pero como demostró la celebración del año nuevo la afluencia masiva de público se puede llevar relativamente bien. En este sentido no parece muy iluminadora la alusión del alcalde a que como Valparaíso soportó bien la afluencia de visitantes el 18 de septiembre se debería esperar lo mismo con ocasión de los Tambores. La diferencia radica en la calidad de los asistentes a estos eventos masivos y en su interés de practicar o no un comportamiento de civilidad y de respeto.

El ruido que ha generado y la creciente oposición ciudadana a los 1000 tambores pone al nuevo alcalde en una encrucijada. O escucha a los vecinos y se hace cargo de la exigencia que clama por un golpe de timón o ignora la voz ciudadana. Con todo, da la impresión que el alcalde está haciendo un esfuerzo de mediación -en eso consiste la política- y por incrementar las precauciones para mitigar los efectos negativos. Si vuelve a ser un fin de semana insufrible para los vecinos y el comercio el edil tendrá que evaluar seriamente la continuidad del evento. En este sentido, el ejemplo que menciona el alcalde de grandes ciudades como Río o Berlín que logran hacer eventos masivos no cierra del todo. Por lo menos en el caso de Berlín. El año 2007 las autoridades de Berlín negaron el permiso a la Love Parade que se venía celebrando desde 1989 y el evento no se realizó. Y Berlín siguió siendo Berlín. Finalmente era la ciudad de Berlín la que costeaba el retiro de basura y la que financiaba la seguridad del evento. Lo mismo vale para Valparaíso, ¿quién paga los baños químicos, el retiro de toneladas de basura y a los carabineros que velan por la seguridad?

Finalmente es imposible soslayar las amenazas que profirió el promotor del festival contra vecinos y comerciantes. Señalar que el festival será “en contra de los vecinos y personas” que manifestaron reparos cruza una raya roja: esto ya no es promoción de ‘cultura’, es matonaje. El señor Aguilar no sólo se autodescalifica, sino que descalifica además el evento que él promueve. Queda en manos del alcalde y de su capacidad de conducción política implementar lo que la ciudadanía pide, no a tambores, pero a gritos. Un  cambio de rumbo.

*Publicado en El Mercurio de Valparaíso el 29 de Septiembre de 2017