Se escuchan balas

Gonzalo García
Investigador

Comienzan los disparos. Dos de las tías levantan la voz rápidamente ordenando a los niños que se tiren al suelo. En cuestión de segundos tienen a todos los niños abajo. Valientemente usan su cuerpo como escudo humano, con los más pequeños, para que las balas no lleguen a ellos. Algunos lloran, se desesperan y otros mantienen la calma, como si el sonido de las balas lo reconocieran como propio. ¡Caminen como gatitos!, dice una de ellas. Los 40 pequeños se ponen a gatear en cuatro patas, emulando el caminar gatuno. Van todos juntos a un lugar seguro.

Mientras, otras tías buscan rápidamente a todos y cada uno de los niños, para que ninguno de ellos quede en la línea de fuego. A lo lejos suenan las sirenas de carabineros yendo al lugar que se transformó en un ir y venir de balas.

Se esconden todos, ojalá que seguros. Afuera las balas siguen. Las tías, con esos nervios de acero y para mantener la atención de los niños en ellas, les cuentan un cuento. Mantener la calma de ellos es prioritario para que no sufran ninguna herida y se mantengan a salvo. El cuento surte efecto, los niños ponen el foco en las tías. Luego, afuera llega carabineros, los disparos se disipan poco a poco hasta acabar por completo.

Se retoma la tranquilidad, en cuestión de minutos comienza a bajar la tensión inicial. Los niños son buenos para eso, su innata capacidad de estar alegres y jugar, a pesar de estar en medio de una balacera, ayuda mucho. En fin, las labores se retoman con normalidad, el tiroteo ha finalizado, todo vuelve al natural paso del tiempo. Han pasado un par de horas desde el incidente afuera del jardín infantil, son las cuatro de la tarde, la balacera fue como a las dos, cerca de la hora de la siesta de los niños. Llega el momento de irse, los papás poco a poco van a buscar a sus hijos, la mayoría vive cerca. El día ha acabado, los niños vuelven sanos y salvos a casa.

Hace unos días atrás supimos de la muerte de Baltazar, una guagua de nueve meses que: durmiendo, en la noche, en su casa recibió un disparo. Fue una bala loca que atravesó el techo de su hogar y que terminó por quitarle la vida.

Tristemente, hemos normalizado la violencia en ciertos territorios. Baltazar no sólo tuvo mala suerte, sino que también la desgracia de vivir en un lugar con falta de apoyo gubernamental (y privado) y con políticas de seguridad publica poco efectivas. ¿El relato? Es real y fue un simulacro que se realizó en un jardín infantil de Valparaíso. Sí, porque Baltazar pudo haber sido porteño, viñamarino o quilpueino tal vez. Porque en el silencio y en la omisión, hemos dejado que la droga se apodere de los barrios y a veces de la ciudad. Cuando pasa eso, nadie está a salvo. Ni Baltazar lo estuvo en su casa ni nuestros niños lo están en sus jardines infantiles.

En los cerros, en los barrios que hemos dejado a la deriva, olvidados. Cada jardín tiene un protocolo que resguarda la seguridad de los niños (en buena hora). Pero no podemos estar orgullosos de aquello. ¿Cómo es posible que en ciertos barrios los niños deban ser protegidos de las balas? ¿Cómo es posible que algunas guaguas no puedan dormir tranquilas dentro de sus propias casas? Debemos volver la mirada a nuestros barrios, nuestras ciudades y poblaciones. Porque antes de cualquier calentamiento global, perdemos día a día valiosas vidas, como la de Baltazar, consumidas por la droga o por efecto del narcotráfico, quizás la sequía humana más grande que Chile tiene. “Las drogas y la indolencia con nuestros vecindarios”.

*Publicada en La Segunda el 17 de octubre de 2019.