Sucesos Extraordinarios. Sobre la privatización de la violencia

Tomás Villarroel
INVESTIGADOR

En tiempos de crisis las comparaciones históricas ofrecen oportunidades, pero pueden también nublar el horizonte prospectivo. Estudiar y considerar acontecimientos pasados puede contribuir a la comprensión e iluminar los sucesos del presente, pero también pueden, si se acercan a la predicción, clausurar perspectivas. Lo último es especialmente complejo, toda vez que el presente y el futuro son dimensiones en las que las personas ejercen ese bien tan preciado del ser humano: la libertad. Lo contrario, despojar al acontecer histórico de la libertad significa reducir la complejidad humana a monocausalidades, a repeticiones mecánicas, al mero e indefectible cumplimiento de supuestas leyes de la historia. Algunas ideologías han transitado o transitan aún ese camino. Entonces, del hecho de que un suceso pasado tenga características similares a un acontecimiento presente, no se sigue que el desarrollo ulterior del proceso se tenga que repetir. Hecha esta prevención, y con miras episodios de violencia que se repitieron desde octubre de 2019, puede resultar iluminador estudiar situaciones concretas del pasado que ilustran las consecuencias sociales que puede producir el debilitamiento del estado en el control del orden público y en el monopolio legal de la violencia.

En enero de 2020 se produjo la lamentable muerte de un barrista de un club de la capital: atropellado por un carabinero que aparentemente huía de un apedreamiento al término de un partido de fútbol. Como en una novela luctuosa una tragedia siguió a la otra.   En el altamente caldeado ambiente que se vivía en ese momento -en las calles, dentro de los estadios y fuera de ellos-, la forma de manifestarse ante estos sucesos fue la de agudizar -consciente o inconscientemente- la violencia: a través del apedreamiento, de la barricada e incluso del secuestro y del atropello. Un día después un manifestante murió en San Ramón al ser arrollado por un bus. El vehículo había sido secuestrado por un antisocial, quien junto con sus cómplices asaltaron a los pasajeros de un bus Transantiago que circulaba por Américo Vespucio con Santa Rosa y obligaron a descender a la gente y al conductor. Una vez detrás del volante el delincuente movió el bus cruzándolo en la intersección con el objeto de impedir el libre tránsito de quienes a esa hora circulaban por la arteria. Esa maniobra le costó la vida a una persona que se manifestaba en la calle por los sucesos ocurridos a la salida del estadio. Después del atropello el antisocial se dio a la fuga, avanzó un par de cuadras, pero fue alcanzado por el grupo de personas que estaba en la calle y fue linchado. Quedó en estado grave. Esa misma noche y en medio de los ataques de una turba a una comisaría en Pudahuel, una bala alcanzó a un manifestante que participaba de ellos provocándole la muerte cerebral. Asimismo un carabinero fue atacado con una bomba molotov, provocándole graves heridas en el rostro.

Corre el año 1917, y un literato ruso -Gorki- escribió: “Un ladrón fue detenido cerca del mercado Alexandrovsky. La multitud  que había allí inmediatamente le apaleó y sometió una cuestión a votación: ¿con qué muerte se debe castigar al ladrón, ahogándole o matándole de un tiro? Optaron por ahogarle, y lo lanzaron al agua helada. Pero con gran dificultad pudo salir y arrastrarse hasta la orilla: entonces alguien se acercó y lo mató de un tiro. […] ¿Cómo afectarán los juicios llevados a cabo por turbas a la próxima generación? Un ladrón, apaleado hasta quedar medio muerto, es llevado por soldados al Moika para ahogarlo; está totalmente cubierto de sangre, el rostro completamente  destrozado, y le han saltado un ojo. Una multitud de niños le acompaña […], y dando saltos de alegría, gritan: ¨Lo han hundido, lo han ahogado¨. Éstos son nuestros hijos, los futuros constructores de nuestra vida. La vida de un hombre será barata según su estimación, pero el hombre es la mejor y más valiosa creación de la naturaleza.”

Lo que muestra Orlando Figes en su historia de la Revolución Rusa son -entre otros- las consecuencias de la erosión de la norma social y del debilitamiento del estado en el uso y control de la violencia. Como señalara Max Weber el monopolio de la fuerza es del estado, pues la hace -sin perjuicio de los excesos y abusos que puedan ocurrir- previsible y sujeta a la ley. La privatización del espacio público (bloqueos de vías, vandalización etc.) y de la violencia tiene como consecuencia aquello que se observó de modo progresivo durante el año 1917 en Rusia: un embrutecimiento de la sociedad y una precarización de la vida. Thomas Hobbes advirtió ya en el siglo XVII al respecto: la ausencia de una instancia común reguladora y su desconocimiento nos llevan a una “guerra de todos contra todos”. Ahí donde el linchamiento reemplaza al orden y la ley, la vida se vuelve -como dice Hobbes- cruel, embrutecida y breve. Ahí el “temor y el peligro de una muerte violenta son constantes”. Lo anterior no significa que el estallido de violencia -opacada hoy por el Corona-Virus- conduzca necesariamente a la revolución y a la tabula rasa como en octubre de 1917. Pero los sucesos descritos por Gorki advierten sobre el embrutecimiento que produce la privatización de la violencia y sus funestos efectos sobre la vida humana.