Una tristeza de todos

Gonzalo García
Investigador 

Hasta el 10 de noviembre, según el municipio de Valparaíso, había una pérdida de $ 3.335.713.865 pesos exactos, este número incluiría pérdidas de activos, mercadería, infraestructura y el impacto en ventas para el comercio porteño. Sin embargo, conforme pasa el tiempo esta cifra se queda corta. Hoy podemos decir que la pérdida es aún mayor y que fácilmente se pudo haber duplicado en estos últimos días. Los saqueos, si bien han disminuido, no han parado. Luego, el comercio sigue sin levantar cabeza y tiene un panorama oscuro. Cada marcha (pacífica o no) deja una estela de locales que deben cerrar sus puertas, hoy por miedo más que por otra cosa.

Sin embargo, lo doloroso no son las cifras. De hecho, es una mirada económica que no refleja el problema real y el fondo que los grandes números no dejan ver. Me refiero a la escala humana del problema. No habrá plan económico que logre superar lo que significa este número detrás del comercio saqueado, quemado o robado. Cientos de familias porteñas o de la región que, con dolor, se quedarán sin trabajo en el corto plazo, cosa que ya está sucediendo. Un verdadero reguero de pólvora que, cuando estalle, devendrá en una muy triste Navidad y Año Nuevo.

En cuanto a quienes han propiciado mezquinamente la violencia como método de lucha política, la tristeza no será menor. Verán ineludiblemente que han fallado en propiciar un mundo mejor como creían hacerlo y, si la soberbia no se los impide, sentirán culpa por mucho tiempo. Después de todo, no es cierto que la justicia venga antes que la paz, sino que la paz social es el piso mínimo para que la justicia se desarrolle como una virtud de la sociedad organizada. Quienes creyeron que primero venía la justicia comenzaron hace años dos guerras mundiales, dejando a Europa hecha trizas y dividida. Parecido quedó la calle Condell de Valparaíso, sin ninguna bomba lanzada; sólo fue necesario el desquicio de un grupo que, camuflado en la búsqueda de la dignidad de otros, ha incendiado y saqueado todo.

Y el municipio es otro actor. Tendrá que destinar dinero que no tiene para reparar semáforos, plazas, bancas; otros fondos para intentar dejar Valparaíso igual que antes, ni siquiera mejor. Les dolerá a esos tomadores de decisión, porque por más que pregonen que la factura la debe pagar la administración del Estado, se les olvida que el municipio es parte de ella.

Este será un año para dejar en la memoria colectiva de nuestro país; no se deberá olvidar jamás la fragilidad de la democracia por muy robusta que parezca. Sin embargo, la esperanza radicará -como siempre ha pasado en momentos históricos- en aquellos hombres y mujeres que son conscientes de que no es compatible responder violencia con violencia. Esas personas se levantarán y articularán silenciosamente la paz y la dignidad perdidas en el país. Será ese Chile profundo el que enlazará lentamente y poco a poco un entramado social que devuelva Chile a Chile. Porque habrá otra factura que a muchos les dolerá pagar, esa factura se llamará voto democrático.

¡Vaya momentos se vienen para nosotros los ciudadanos! Todos y cada uno de los políticos de nuestro país, aquellos que por acción u omisión han alimentado la llama de la violencia, están en la retina del chileno y la chilena sencillos que lo único que querían era atención de salud eficiente y oportuna, pensiones para vivir mejor y un transporte que no les desangrara el bolsillo. Ya no hay vuelta atrás.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 1 de diciembre de 2019.