Valparaíso: estatismo, centralismo y sordera

Juan Pablo Rodriguez
Director Ejecutivo

Valparaíso es una ciudad fenomenal. Nunca fundada y de composición urbana ininteligible, este patrimonio de la humanidad sigue encantando y sus vicisitudes siguen siendo relevantes para los chilenos. 

Lamentablemente, pasamos de ser una tierra de pioneros, todo en Chile nacía aquí, a una ciudad caracterizada por el inmovilismo. Mientras Santiago es todo inauguración, Valparaíso es todo explicación. Ninguna sola obra relevante y estratégica ha sido construida en al menos 10 años.

¿Cuál es esa rara enfermedad que padece Valparaíso que impide que sus proyectos claves se materialicen?

En primer lugar, sufre de estatismo. Valparaíso es fruto de la libertad económica. Pueblo irrelevante durante la colonia dada la prohibición del libre comercio, el Valparaíso pujante y pionero que conocimos durante un siglo nace gracias a la apertura al comercio exterior producto de la independencia. Su decadencia -contrario al mito popular que la sitúa en razón de la apertura del canal de Panamá- comienza hacia 1928 con el cierre al comercio exterior y la cada vez mayor intervención del Estado en la economía. 

Es por ello que el discurso municipal -que mira con recelo cualquier iniciativa privada y que considera que el Estado tiene el monopolio de la solución de los problemas públicos- es alarmante y contra natura. Más que permitir el auge lo que está haciendo es profundizar su decadencia. Y es que no ofrece alternativa. No al mall, pero sí al descontrolado comercio callejero ilegal. No al desarrollo inmobiliario, pero sí a la expulsión de porteños que no tienen donde vivir.

Es imposible imaginar el renacer de Valparaíso sin que su primera autoridad, heredera de décadas de malos gobiernos locales, comprenda lo que enseña la historia, a saber, que el bienestar de esta ciudad depende de la libertad económica y de la iniciativa privada.   

En segundo lugar, Valparaíso es víctima del centralismo. ¿Por qué la ciudad no resurgió con la reapertura al comercio exterior impulsada por el gobierno militar? Décadas de planificación central y estatismo promovieron la concentración económica y social en Santiago, haciéndosele imposible a Valparaíso “competir”.

Dado aquello, urge redistribuir territorialmente el poder y establecer incentivos de inversión en regiones, de modo tal de emparejar la cancha. Esto implica, en el caso de una ciudad como Valparaíso, no sólo generar mecanismos para que parte de los beneficios de la actividad portuaria queden en el territorio, sino que también la creación de una nueva institucionalidad del puerto, que permita a la ciudad participar de su gobierno superior, por ejemplo a través de la participación del gobernador regional electo y del alcalde en el directorio de la EPV.

En tercer lugar, Valparaíso sufre de sordera. Quien siga el debate público regional podrá constatar, sin mucho esfuerzo, que en Valparaíso muchos hablan y casi nadie escucha. La frustrada expansión del puerto es manifestación de aquello.

Con el anuncio de TCVAL de no hacerse cargo de la construcción del Terminal 2, se agrega una nueva viñeta a esa infame lista de proyectos inconclusos para Valparaíso, llena de buenas intenciones y carente de primeras piedras.

Si bien la ciudad se libera, momentáneamente, de un mal proyecto, lo cierto es que queda en una situación aún peor: que no pase nada. Para no volver a perder una década todos los actores involucrados debiesen tener mayor disposición a escuchar.

Por una parte la ciudad debe comprender que Valparaíso necesita expandir su capacidad portuaria, en caso contrario entre los años 2027 y 2030 la infraestructura portuaria de la macro zona central no será suficiente para absorber la demanda.

Por otro lado, el puerto debe entender que ya no es la única actividad productiva de la ciudad y que ha de convivir, entre otras, con las actividades turísticas, universitarias y de servicios. En tal sentido, no parece adecuado un proyecto que impida el disfrute ciudadano del principal frente marítimo que le queda a la ciudad.

Que el diálogo de sordos se acabe. Que Valparaíso no niegue su historia libre y emprendedora. Que Santiago deje de tratarnos como incapaces. Si todo esto pasa es probable que nuestro Valparaíso siga siendo, que aún lo es, La Joya del Pacífico.