Valparaíso y la ausencia inmobiliaria

Ignacio Aravena
Colaborador

La gran mayoría de los residentes de Valparaíso concuerdan con disminuir la altura de los edificios y con proteger el patrimonio arquitectónico de la ciudad, lo cual ha conducido a modificaciones en el Plan Regulador de la Comuna (PRC). Sin embargo, los cambios normativos y el clima de enemistad frente a diversos proyectos inmobiliarios han generado una contracción de la actividad en el último periodo, lo que nos ayudaría a explicar los deficientes índices de crecimiento del pasado 2017.

Por otro lado, independiente del superávit de proyectos post reforma tributaria y del boom de segundas viviendas en la zona, es difícil explicar la desaceleración de los Permisos de Obra Nueva, los que pasaron de un horizonte cercano a 600 en los años 2015 y 2016 a sólo 430 en 2018. Este fenómeno puede ser explicado, en parte, por el clima que ha generado la nueva administración comunal en torno a diferentes proyectos inmobiliarios en la zona, con disputas conocidas en torno al Muelle Barón, al edificio Mirador Barón y al Parque Pümpin. Lamentablemente, contar con un permiso ya no es garantía de la materialización de los proyectos, lo que aumenta la incertidumbre que deben enfrentar las inmobiliarias en la zona.

Como hemos enunciado, lo anterior se ve potenciado por las discusiones en torno al PRC. En concreto, se han intentado recoger las inquietudes de los porteños en cuanto a la modificación de la altura en diversas zonas de la comuna, lo que también impactaría directamente en el valor de los predios adquiridos con antelación y en la consecuente decisión de inversión. Si sumamos la baja plusvalía de la ciudad por temas históricos –seguridad, aseo y ornato, trabajo, entre otros–, podríamos entender el clima poco atractivo que se está generando para la inversión de proyectos inmobiliarios. Entre otras cosas, esto ha llevado a la disminución en los polos de desarrollos de la ciudad, los cuales se han concentrado en sectores como Santos Ossa y Placilla, sin observarse muchos proyectos en el plan ni en los cerros que lo conectan directamente.

Esta disminución en la actividad no sólo afecta a indicadores de crecimiento como el INACER, sino que también distancian a la comuna del desarrollo de otras zonas que la rodean. Particularmente, llama la atención también la baja cantidad de viviendas sociales en una ciudad que concentra una de las mayores cantidades de campamentos del país y que ha sido sometida a grandes desastres naturales. De hecho, podemos ver que sólo hay proyectos de integración social en Placilla, algo diferente a la realidad de comunas como Viña del Mar y la zona interior que abarca desde Quilpué hasta Limache, donde el ritmo de construcciones ha mostrado mayor estabilidad en los últimos años.

Si bien es importante regular la altura en ciertas zonas de la ciudad y proteger parte de su patrimonio, debemos comprender que la generación de vivienda también es parte intrínseca del desarrollo de cualquier comuna. Por ello, el progreso de la zona debe comprender una ciudadanía empoderada y una voluntad de trabajar con agentes del sector privado, promoviendo el desarrollo urbano, la apertura a la negociación y, sobre todo, tratando de evitar las paralizaciones y revocación de permisos por la vía judicial. Lamentablemente, este escenario ha generado desincentivos y la ausencia de diálogo -con diversos agentes- sobre cómo desarrollar Valparaíso, algo que indudablemente todo porteño desea.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el 9 de marzo de 2019.