“Valpo” no te quiere

Pedro Fierro Zamora
Director de Estudios Fundación P!ensa

Hace ya un par de años, Daniel Morales señalaba en Fundación P!ensa que su querido Valparaíso era “una ciudad que te expulsa”. En la visión de Morales, y aquí parafraseo, cada día menos gente vivía en el puerto y, quienes se decidían finalmente a hacerlo, debían enfrentar los embates de una ciudad que parecía esforzarse continuamente por sacarlos del mapa.

Por aquel entonces, sus palabras reflejaban una realidad compleja. En cierto modo –y esto es una interpretación personal–, sugerían que uno podía querer a Valparaíso, pero Valparaíso difícilmente te iba a querer de vuelta. En concreto, podías organizar a vecinos para limpiar sus calles, pero a las horas volver a encontrarte con incluso más basura de la que botaste. Podías intentar recorrer y perderte en sus cerros, pero a los pocos minutos terminar siendo asaltado por delincuentes. Podías intentar recuperar sectores abandonados a través del emprendimiento y del trabajo comunitario, pero a los meses –o, incuso, días– ser saboteado por los rayados, riñas y excesos de algunos verdaderos vándalos subnormales. 

En la última semana, Iván Poduje ha sostenido por su parte que “Valpo” –esa idealización donde la pobreza adquiere ribetes patrimoniales– estaría matando a “Valparaíso”. Esta sugerente declaración bien puede relacionarse con lo que Morales –hoy autoridad porteña– sostenía hace algunos años. Después de todo, por más que quieras y te esfuerces por el desarrollo de “Valparaíso”, su enemigo “Valpo” seguirá intentando expulsarte.

El problema que subyace a estos diagnósticos parece ciertamente cultural, pero negar sus aspectos políticos sería, a estas alturas, una irresponsabilidad.

La llegada del Movimiento Autonomista a la ciudad se sostenía precisamente en este diagnóstico. Era la candidatura ciudadana la que soñaba con un puerto verdaderamente inclusivo, que fuera capaz de “invitarte a vivir aquí” –recordándonos por aquellos días la desafortunada frase de Castro–. Sin embargo, parece existir en la actualidad una distancia grotesca entre ese propósito declarado y las políticas efectivamente tomadas en la administración de la ciudad.

Y es que ya no son sólo los vándalos subnormales quienes te expulsan de “Valpo”, sino que incluso los funcionarios o autoridades que celebran por cada inversión que abandona la comuna. Así, quien quiere a Valparaíso no tan sólo tiene que luchar contra asaltos y rayados, sino que incluso contra un Movimiento Autonomista que no se esfuerza por esconder su mala fe programática frente al accionar de privados, negando de facto la posibilidad de que puedan preocuparse – y ciertamente ocuparse – de ciertas dificultades que históricamente azotan a la ciudad. Es así como la decencia –que, al parecer, intentan proteger– termina confundiéndose con la decadencia. Todo por mero pragmatismo político.  

Se puede estar en las nubes o estar en los cerros a la hora de hacer estas críticas, pero atenuar las eventuales consecuencias del mal momento porteño se hace derechamente insostenible. Y es que se puede querer y merecer a Valparaíso, pero quizás ya sea hora de que la ciudad empiece a demostrar un poco de cariño de vuelta. Sus autoridades podrían comenzar con esa tarea.