Venezuela y la “nueva política”

Pedro Fierro Zamora
Director de Estudios

La agudización del conflicto venezolano ha evidenciado un problema endémico del Frente Amplio: la imposibilidad de conseguir una orgánica adecuada para la toma de decisiones institucionales.

Esta tensión se desprende de las declaraciones que realizara Pamela Jiles hace pocos meses. En aquella ocasión sostenía que su conglomerado era “un pacto electoral exitoso en el que convive un arco que va desde la izquierda histórica más radical hasta gente de derecha”. Por lo mismo, daba la bienvenida a todos, con sus múltiples colores y matices, “el Frente Amplio es su casa”, concluía. De esta forma la diputada dejaba ver el asunto de fondo. Y no nos referimos a la heterogeneidad propia de cualquier coalición política, sino más bien a la incapacidad crónica de articular y gestionar esas diferencias. Quizás por lo mismo su bloque terminó rápidamente con un distrito 10 segmentado entre Jackson y Mayol, quizás por lo mismo surgieron las acusaciones de Boric y Mirocevic respecto al doble estándar en materia de Derechos Humanos y, quizás por lo mismo, hoy observamos posturas erráticas y ambiguas frente a la aguda crisis venezolana.

Pero, ¿es acaso esta incapacidad un patrimonio exclusivo del bloque de Jackson y Boric? Ciertamente no.

Tal como en Chile, el conflicto del país llanero ha hecho eco en la izquierda ibérica. Sin ir más lejos, en los últimos días el Podemos de Iglesias le ha enrostrado al renunciado Errejón su participación en la Fundación CEPS, la cual elaboraba informes para el régimen chavista. En esa misma línea, también se le ha reprochado en grupos internos su sentido discurso en apoyo a la revolución bolivariana. “Chávez vive, la lucha sigue”, decía Errejón con el puño en alto hace algún tiempo.

Pero ciertamente los problemas entre Errejón e Iglesias venían desde mucho antes. Por lo mismo, la renuncia del primero a Podemos –para competir contra sus candidatos en Madrid–, no fue sorprendente. Después de todo, la incapacidad de conseguir la orgánica adecuada también se venía evidenciando en el bloque español. Por lo mismo, aunque vociferaban una y otra vez que “todas las decisiones se tomaban desde las bases”, lo cierto es que hoy están compitiendo entre ellos en al menos 9 municipios de la capital Ibérica.

En otra vereda política, algo no muy distinto le sucedió a nuestra versión criolla de Ciudadanos. Como bien recordaremos, la indecisión de apoyar al gobierno de Sebastián Piñera devino a los pocos meses en acusaciones de fraude electoral y, finalmente, en la salida de figuras claves del novel partido, como Juan José Santa Cruz, Sylvia Eyzaguirre, Sebastián Sichel, Ricardo Escobar, entre muchos otros.

¿Por qué todos estos renovados movimientos –que buscaban oxigenar la política– terminaron sufriendo las consecuencias de sus ambigüedades y divergencias?

Si bien las nuevas iniciativas han logrado instaurar una lógica participativa –incluso adaptándose al mundo digital–, han demostrado que se mueven sólo en función de un eventual sentido de pertenencia, el cual es insuficiente a la hora de asumir los costos que implica el navegar en aguas turbulentas. Por lo mismo, si pretenden sobrevivir deberán determinar el sentido de lo que hacen (¿acaso un proyecto político?). En otras palabras, hablamos de fortalecer un motor que se relacione con lo que creen y no sólo con lo que quieren lograr.

Conseguir una orgánica adecuada para entornos cambiantes requiere un trabajo constante, en cuanto supone redefiniciones y cuestionamientos que indiscutiblemente incomodarán a sus pares (basta ver lo que ha provocado Maduro en el Frente Amplio y en Podemos). Actores como Gabriel Boric y Vlado Mirocevic parecen entender esto. De alguna u otra forma saben que, pese a que el diagnóstico adecuado les permitió conseguir el 20% de los votos (los mismos de Parisi y MEO), difícilmente les asegurará la sostenibilidad en el tiempo.

*Publicada en El Mercurio de Valparaíso el