Yerko y el doble estándar

Por Guillermo Pérez
Investigador Fundación P!ensa

“Apaga la tele, vive tu vida” era el mensaje que aparecía en una intervención urbana de Valparaíso. Poco a poco, la frase se fue transformando en una especie de lema que los turistas compran como póster, polera, e incluso como magneto para dejarlo pegado en sus refrigeradores. Suele ocurrir que esta especie de símbolos se transforman en objetos del negocio que juega y transa con la rebeldía, haciéndola parte integrante de lo que estos emblemas dicen aborrecer. No hay como el Che Guevara para ejemplificar esa paradoja. El revolucionario cubano terminó siendo un símbolo del libre mercado, convirtiendo su rostro en objeto del retail, ofreciéndose al mejor postor en tazas y camisetas.

El “apaga la tele, vive tu vida” puede ser muy simbólico, pero -al igual que el Che- terminó transformándose en una frase que alimenta rebeldías ficticias, que se cae por sí sola cuando se convierte en un souvenir para adornar la casa de alguno de esos turistas que dicen amar Valparaíso, pero no conocen más allá del Cerro Alegre o Concepción.

El contenido de la frase no deja de ser llamativo, porque negar la televisión es olvidar que ahí se encuentra gran parte de lo que los chilenos buscan o esperan. Más allá de las críticas, los medios de comunicación son un espejo de lo que somos y  queremos, y nos ayudan a entender lo que pasa fuera de las burbujas de nuestras propias existencias.

Por eso, no hay que abstraerse absolutamente, la vida hay que vivirla con televisión y otras distracciones que puedan existir. Muchas veces en esas distracciones podemos hallar elementos que nos permiten hacer un mejor diagnóstico de lo que ocurre más allá de nuestro barrio o comuna. Como en la vida no todo es blanco o negro, el no abstraerse no quiere decir que debamos aceptar todo lo que aparece en la televisión, por el contrario, ser espectadores conlleva una cierta labor crítica, que consiste en analizar, profundizar y -por qué no- hacer propuestas que nos permitan tener una mejor oferta programática.

Dentro de esa línea, lo que ha pasado en las últimas semanas con el humor de Yerko Puchento es decidor y revela ciertos aspectos de nuestra vida social que son relevantes para entender lo que nos pasa, como el doble estándar, la falta de empatía o la incapacidad de decir las cosas asertivamente.

Llama la atención el doble estándar, especialmente del progresismo elitista de Twitter, donde pareciera que solo sus causas y quienes las suscriben merecen el debido respeto. Pusieron el grito en el cielo cuando Yerko Puchento denostó a Daniela Vega, pero no ocurrió lo mismo cuando en su rutina se burló de Cecilia Pérez por su aspecto físico. No es necesario entrar en una competencia de qué chiste fue peor -ambos son igualmente condenables-, pero  lo que sorprende es la distinta reacción frente a cada uno de ellos.

En la actualidad vivimos en una dictadura de lo progre, donde la empatía y la tolerancia solo caben cuando las ideas son “cool”, lo que a la larga significa que sean iguales a las mías. Es una dictadura, porque hay gente que no puede expresar su opinión libremente por temor a las represalias que implica hacerlo. Lo más triste es que muchos de esos pequeños dictadores de las redes sociales se esconden tras sus computadores y sus smartphones, agrediendo anónimamente. Así resulta muy fácil ser valiente.

Por otro lado, nuestra incapacidad para dialogar asertivamente termina generando personajes como Yerko Puchento, quienes con el humor como excusa y justificación, dicen lo que todos quieren escuchar pero que nadie sabría cómo decir directamente y a la cara, porque la asertividad es una virtud que no se enseña en la Universidad ni se aprende en posgrado.

Por último, si queremos generar grandes acuerdos en temas relevantes, es necesario que se abran los espacios de diálogo para que podamos discutir de forma civilizada. Esto implica no ceder a la agenda progresista por tentaciones electorales, ni tampoco caer en la moralina de la UDI bloqueando cualquier tipo de discusión. El desafío es grande, pero lo necesitamos.

*Publicada en La Tercera el 23 de marzo de 2018