Jackson, Castro y Maduro

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Por Andrés Berg
Investigador Fundación P!ensa

La democracia representativa por definición es imperfecta, pero honesta; tiene reglas claras y no se jacta de poseer una verdad revelada del pueblo. El asambleísmo, en cambio, tiene la pretensión de ser un codificador de una supuesta voluntad unívoca de la sociedad: basta con escuchar cualquier discurso de Fidel Castro, Hugo Chávez o Maduro para darse cuenta de esto. Una ilusión.

¿Es posible sostener un rechazo al régimen militar de Pinochet al mismo tiempo que se celebra el régimen castrista o el chavista en la Venezuela de Nicolás Maduro ―ambos también militares, por supuesto—? A simple vista, no. Es indudable que existen muchísimas diferencias históricas y políticas, como también distintas circunstancias las que fundaron a cada uno de estos regímenes. No obstante, reconociendo el valor de la democracia en las sociedades modernas, el sentido común nos indicará sin mucho esfuerzo que no es lógico sostener ambas premisas.

La pregunta cae por su propio peso: ¿cómo es que la izquierda repudia sin fluctuaciones la dictadura chilena, mientras recuerda con nostalgia las virtudes de Castro y defiende constantemente el carácter democrático de Maduro? La razón, según sus admiradores, es que estos regímenes caribeños serían democráticos. Sin embargo, la “democracia” que celebran es muy distinta a la que conocemos en las sociedades más desarrolladas.

La supuesta democracia en Cuba, por ejemplo, se trata de una especie de asambleísmo por capas donde se eligen representantes para las asambleas Municipales, Provinciales y Nacional. De esta última se elige —entre ellos mismos—, el Consejo del Estado, de donde sale el Jefe de Estado. Si bien todo esto podría sonar como un desarrollado sistema de elección parlamentario, lo curioso es que todos los miembros en los últimos sesenta años son del mismo partido o de alguna de sus poco distinguibles variantes. Para supuestamente validar el carácter democrático de la isla, la supervisión del proceso electoral está a cargo de organizaciones sociales de dudoso carácter democrático: “Es como si en Chile, en lugar del Servel, las elecciones las supervisaran la CUT, la Anef, la Federación de Estudiantes Secundarios, y otras”, nos ilustraba una abogada comunista hace algunos meses en Radio Universidad de Chile.

Todo este entramado electoral, virtualmente democrático, es dominado por el mismo asambleísmo que caracteriza a Venezuela y que varios políticos de la izquierda criolla quisieran para nuestro país. La asamblea constituyente que proponen es, en efecto, la materialización primera de este anhelo. A mi parecer esto no significa necesariamente que quieran para Chile las nefastas consecuencias políticas, sociales y económicas que se han producido en esos regímenes. Lo que predomina detrás de la idea del asambleísmo por sobre la representatividad democrática, en rigor, es la hipótesis de que colectivamente se toman mejores decisiones políticas que de forma acotada. Esto es lo que el diputado Giorgio Jackson ha intentado demostrar esta semana.

A través de un video, el parlamentario hace un experimento donde distintas personas intentan descifrar cuántas bolitas hay dentro de una caja transparente. Si bien nadie acierta al número exacto (98), el promedio de las respuestas es efectivamente 98. Lo que concluye el diputado, a seguir, es que si todos constantemente votásemos por las leyes en el Congreso, tendríamos un país más democrático. A simple vista, esta hipótesis no parece tan descabellada, pues algún grado de decisión directa debe existir en democracia ―las elecciones, por ejemplo—. Sin embargo, hay dos problemáticas que no se pueden ignorar.

La primera dice relación con la efectividad de sistematizar las incontables demandas sociales e ideas políticas que existen a lo largo de la sociedad. La democracia representativa por definición es imperfecta, pero honesta; tiene reglas claras y no se jacta de poseer una verdad revelada del pueblo. El asambleísmo, en cambio, tiene la pretensión de ser un codificador de una supuesta voluntad unívoca de la sociedad: basta con escuchar cualquier discurso de Fidel Castro, Hugo Chávez o Maduro para darse cuenta de esto. Una ilusión.

El segundo problema es de carácter más normativo. Hace más de medio siglo un laureado economista planteó en su tesis doctoral el teorema conocido como “la imposibilidad de Arrow”, en honor al autor. El teorema prueba matemáticamente que cuando existen tres o más alternativas de elección, por el axioma de transitividad, es imposible que el proceso electoral refleje las preferencias de los individuos, dando por supuesto el principio de no-dictadura y no-imposición. Y es que aunque exista un sistema confiable que pueda codificar las incalculables necesidades y requerimientos sociales ―y hasta ahora no lo hay en ninguna parte del mundo―, será imposible poder ordenar las prioridades de cada una de las demandas. Es decir, a menos que los recursos sean infinitos o caigan del cielo, y podamos en consecuencia satisfacer cada una de las demandas existentes en la sociedad, es imposible que la “democracia” directa sea un garante de democracia.

En suma, bien le haría a Giorgio Jackson leer algo de economía política y elección racional. Lo que el experimento del diputado nos hizo recordar, en el fondo, es lo asombroso de la ley de los grandes números.

Publicado en El Líbero el 11 de Junio de 2017.

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