Debe ser una carta fundamental y no un programa de gobierno

Por Juan Pablo Rodríguez O.

Director ejecutivo Fundación P!ensa

La Constitución es importantísima. Es una coraza protectora de las personas respecto del totalitarismo –organizando y repartiendo el poder- y respecto del poder político y las mayorías circunstanciales –protegiendo nuestros derechos fundamentales, que nos asisten por ser personas y no porque los políticos nos los reconozcan.

Un análisis de las intervenciones de algunos constituyentes electos hace presagiar que muchos abogarán por desnaturalizar la Constitución. No buscarán una que nos represente a todos, sea la arquitectura del poder, proteja nuestros derechos fundamentales y permita que bajo su seno se implementen programas de gobierno de distinto signo. Perseguirán una Constitución de revancha que fije con el mayor detalle posible un modelo de desarrollo alternativo. Más que una Constitución pretenden dejar grabado a fuego y de forma rígida un programa de gobierno, que limite la futura deliberación democrática e impida que los chilenos puedan variar la orientación de las políticas según las circunstancias del momento histórico.

La Constitución nos tiene que representar a todos, no está llamada a resolver todas nuestras disputas y debe tener vocación de permanencia en el tiempo, por lo que debe ser flexible y no rígida.

Además, la concepción de la Constitución como programa de gobierno resulta deshonesta para con la ciudadanía, porque afirma su aptitud para resolver anhelos sociales concretos –como mejores pensiones o salud- cuando esto dependerá más de que la sociedad civil se haga cargo o de que existan los recursos para que a través de políticas públicas se avance.

Lo que sí puede hacer la Constitución es promover las condiciones necesarias el desarrollo. Si bien para lograr el desarrollo no hay recetas mágicas, sí hay condiciones necesarias –no suficientes- sin las cuales es imposible lograrlo: Estado de derecho, respeto a la ley y el orden, responsabilidad fiscal y propiedad.

A su vez, puede fijar metas en materia de anhelos ciudadanos y derechos sociales, de modo tal de orientar la elaboración de leyes y políticas públicas.

Y también, debe distribuir mejor el poder. No sólo estableciendo mayores frenos y contrapesos entre los poderes del Estado, sino que repartiendo el poder territorialmente: descentralizando el país, acercando las decisiones a las personas y construyendo la solución de los problemas públicos de “abajo hacia arriba” (de lo local hacia lo nacional) y no, como es hoy, de “arriba hacia abajo”, decidiéndose casi todo en 5 manzanas de Santiago por los mismos de siempre.

Para que la Constitución nos represente a todos, dure en el tiempo y permita el ejercicio de la democracia, tiene que ser una Constitución y no un programa de gobierno.

*Publicada por El Mercurio de Valparaíso el 31 de mayo de 2021