El desafío de la derecha

Por Andrés Berg
Investigador Fundación P!ensa

De un tiempo a esta parte, diversos autores y políticos de izquierda han elaborado un relato en torno a un diagnóstico que día a día suma más adherentes. La lucha en contra del enemigo abstracto de el “neoliberalismo” ha calado profundo y cada día parece ser más transversal en el oficialismo. La educación, salud, pensiones, Constitución, y todo lo que se pueda imaginar sería neoliberal ―además de ser impuesto en dictadura― y todos los males de nuestra sociedad serían causa de ello. La popularidad de este diagnóstico se debe, en mi opinión, a que el enemigo es posible personificarlo: serían los súper ricos quienes se beneficiarían, a costa del resto de la sociedad, del “modelo neoliberal” y, por lo tanto, son ellos quienes deben financiar ahora las reformas para cambiar a un nuevo modelo que supuestamente nos convertirá en la Noruega de Latinoamérica.

El problema del proyecto político que hasta ahora ha construido la derecha en los últimos cuatro años, radica en que, en el relato, el enemigo, si no es abstracto, es ajeno: Cuba, Venezuela, Corea del Norte, Argentina o cualquier otra ilustración de socialismos fracasados no genera los mismos sentimientos que el sobre endeudamiento de la educación, las bajas pensiones, un sistema de salud ineficiente o la quimera del asambleísmo democrático. Y el problema, por lo tanto, reside en que el relato está carente de un rostro, de algún enemigo palpable y atingente a nuestra realidad social que sea capaz de generar pulsiones que estén a la altura de disputar las luchas y sensibilidades que provoca la izquierda. ¿Cómo debe la derecha, entonces, trazar un relato cercano y concreto de modo de provocar sentimientos adecuados a un proyecto de justicia social?

A mi juicio, en la superación de la pobreza ―en todas sus dimensiones― está el proyecto que Chile Vamos debe hacer propio y hacerse cargo. En ese 10% de chilenos invisibles a los ojos del político moderno y que viven en condiciones similares a las de un país pobre de África, deben estar enfocadas todas las prioridades de política pública. El relato, por supuesto, no debe ser elaborado de un modo transaccional, algo así como ofrecer un catálogo de derechos sociales a los sectores más vulnerables y de clase media; por el contrario, justamente a esa misma clase media debe ir dirigido un discurso de solidaridad, de empatizar con quienes no han tenido las mismas posibilidades que tuvieron ellos. En efecto, el problema mayor de la gratuidad indiscriminada de derechos sociales está en perpetuar la pobreza, significará dejar de soñar con un país donde cada niño pueda terminar su educación escolar, donde la calidad de la educación no dependa de si el colegio es público o privado, donde los niños que han sufrido de abandono puedan acceder a un sistema que les devuelva la confianza en sí mismos y no los segregue aún más.

La tentación electoral de mimetizarse con las propuestas de la izquierda moderada es grande; sin embargo, las dificultades que traerá en la construcción de un proyecto político de largo plazo pueden ser aún mayores. El relato de la derecha tiene que ser capaz de sintetizar armónicamente las dos grandes corrientes ideológicas que cohabitan en ella: el liberalismo y el social cristianismo; y en ambas líneas de pensamiento converge una noción de justicia en la que la pobreza debe erradicarse con urgencia. No es el egoísmo ni el individualismo que subyace a la oferta de derechos gratuitos lo que ha de guiar a un proyecto político que pretende lidiar con las impugnaciones que la izquierda le hace al sistema social de mercado, sino la solidaridad inherente al esfuerzo que implica postergar ciertos seguros sociales en beneficio de los más necesitados.

El desafío de Chile Vamos es más complejo de lo que en el sector parecen comprender. Al tiempo que se debe convencer a un electorado políticamente fracturado, se debe también fraguar un proyecto político que cale profundamente en la sociedad, que provoque pasiones ancladas a una idea coherente de justicia para estar a la altura de las disputas sociales de los próximos cuatro años. El desafío de la derecha es, en suma, demostrar que los últimos cuatro años fueron un paréntesis en el desarrollo de Chile y que el paréntesis no será ―ni fue― el suyo.

Publicada en La Tercera el 11 de diciembre de 2017