¿Estamos en crisis? II

Por Jorge Martínez D., subdirector de P!ensa

En nuestra columna anterior comentábamos si realmente como país estamos viviendo una “crisis institucional”, de aquellas que ameritan replantearse cuestiones fundamentales como la división de los poderes del Estado, sus facultades, el tipo de gobierno, los derechos y deberes ciudadanos y, en lo práctico, el “modelo de desarrollo” seguido por el país hace 40 o 30 años (según el gusto del consumidor) O si, por el contrario, tenemos evidentes problemas públicos que solucionar, unos más graves que otros, y que, más que actos refundacionales de la nación, exigen modificaciones normativas y regulatorias, pero especialmente cambios de actitudes y comportamientos en las personas, que están siendo dañinos para el progreso común.

Tomando posición por la segunda opción, esto es, más que “crisis de la República” tenemos “problemas” de convivencia. Señalábamos que se trataba de un fenómeno multicausal (“la tormenta perfecta”) que obliga a desmenuzar sus componentes para no meter todo dentro de un mismo saco. Ya nos referimos al primero de ellos: las graves deficiencias en forma y fondo del actual gobierno, que nos ha llevado por un camino errático, donde a varios ya les cuesta distinguir el bien del mal, y lo que es peor, el bien público del personal.

Hoy diremos algo respecto a otro de los serios problemas que nos tienen desorientados, que lo denominaremos “la existencia de mundos paralelos”. En efecto, pareciera que en un mismo país estamos conviviendo dos naciones distintas, incluso con distinto lenguaje y linaje. Uno, muy minoritario, compuesto por las élites que controlan el poder político y económico del país (la “oligarquía gobernante”, en términos académicos). No obstante ser muy pocos, la mayoría se conocen, y acostumbran resolver “los grandes temas nacionales” desde una cómoda oficina ubicada en dos o tres comunas de Santiago. Su afán es conservar e incrementar “el poder” (político y/o económico), y entienden que el fin justifica los medios. Son fáciles de reconocer, aparecer diariamente en los medios “pontificando y despotricando”, sobre todo y respecto a todos.

Por otra parte está la inmensa mayoría ciudadana. Aquellos que sale a trabajar temprano cada día, y saben que han progresado mucho más que sus padres y que sus hijos tendrán posibilidades que jamás imaginaron. Ellos, anónimos, solo “viven”. Sus opiniones son intrascendentes (salvo su voto en las elecciones), y en su nombre se levantan banderas que ni siquiera logran comprender cabalmente. Algunos aún se encuentran bajo la línea de la pobreza –afortunadamente cada día menos- y sobreviven gracias al apoyo estatal. Otros (casi la mitad de los chilenos) superaron esa línea de la indignidad humana y constituyen esa clase media emergente, que gracias al estudio y al trabajo cuentan con herramientas para surgir sin mendigar prebendas. Este “pueblo llano” no ha leído la constitución (menos desde que quitaron la educación cívica de los planes escolares), pero tienen muy claro que sin esfuerzo no se surge, y sin oportunidades el esfuerzo es inútil. Están confundidos, pues sufren diariamente las deficiencias de salud, delincuencia, transporte; mientras que sus “líderes” se empeñan en sus complejas luchas de poder o ideologías difíciles de entender con sloganes.

He aquí un problema grave, en la medida que estos dos mundo sigan viviendo realidades paralelas, se van a seguir distanciando. El desafío es doble: por una parte la élite tiene que bajar a la realidad, y por otra el pueblo tiene que comprometerse con los temas públicos. Entonces el desafío debe ser potenciar la participación ciudadana, pero la real, no la comprada con dulces o espejos, como en tiempos de la Colonia.