Gimme Tha Power

Por Pedro Fierro Z., subdirector.

“Se generó un tsunami comunicacional tras mi viaje a Europa”, señalaba durante estos días un senador que decidió viajar al mundial de rugby sólo horas después de que —en su circunscripción— se produjera uno de los terremotos más grandes de la historia. La autoridad tuvo la oportunidad de enmendarse, de reconocer algún tipo de error (aunque sea político), pero decidió bajar el perfil de lo sucedido.

¿Puede el poder enceguecer?

Días después de esta cuestionable actuación, uno de sus camaradas declara en uno de los principales diarios del país que “la política es demasiado seria como para dejársela a intelectuales que desconocen la historia de Chile”. El mismo personaje que días antes había tuiteado contra su camarada rugbista un sencillo: “tiene que volver”, días después llamaba al presidente de un importante centro de estudios a no pontificar.

Estos dos ejemplos pueden ser bastante elocuentes respecto de la realidad chilena. Ya hemos sostenido que la actual crisis tiene poco de institucional, en otras palabras, que la gente está contenta con la actual estructura del país. Así, estamos conformes con varios aspectos de nuestra vida, creemos que vivimos bien y que nuestros hijos vivirán mejor. Sin embargo, también hemos destacado la brecha que existe entre la clase política y la ciudadanía, la cual viene instalándose en Chile desde hace mucho antes que Caval o Penta.

¿Por qué entonces hay tanta distancia entre ciudadanía y política? Puede ser que sólo nos baste leer los dos casos anteriormente nombrados para encontrar una respuesta.

El poder corrompe, se suele decir, pero puede que también enceguezca.

Por un lado un senador que abandona a su ciudadanía en uno de los momentos más duros de su historia. Por el otro, uno que —después de criticarlo— busca derechamente excluir del debate a un académico por no pertenecer precisamente a la clase política.

Esperando no ser demasiado alarmista, estos casos denotan la gravedad de la situación que vivimos. El primero por cuanto demuestra la fractura ya mencionada, y el segundo en cuanto agrega un evidente desprecio por el aporte que la sociedad civil puede hacer a los asuntos públicos. En este sentido, las palabras del senador pueden enmarcarse en una disputa específica con un académico, pero son ofensivas para investigadores, líderes sociales y todos quienes —queriendo aportar— parecen estar lejos de las prácticas políticas históricas del país. ¿Cómo podemos esperar que responda la ciudadanía?

Parece ser que, desde esta lógica, el problema es bastante más complejo de tratar. Así, quizás muchos suponemos que se necesita cercanía con la ciudadanía y diálogo en respeto, pero como eso requiere un verdadero cambio de paradigma, preferimos apostar por una reforma constitucional que nos permita seguir actuando con soberbia e individualismo. De la misma forma, antes de hacernos cargo de la fractura entre ciudadanía y política, preferimos evadir escudándonos en reformas mesiánicas.

Callar las voces discrepantes —incluso disfrazándose de “opositor a la opinología”— y apostar por soluciones milagrosas pueden ser dos perfectos recursos para escapar de situaciones complejas. Quizás funcionen para algunos por ahora, pero difícilmente nos llevarán a buen puerto.