Intuición electoral

Por Maximiliano Duarte

Investigador Fundación P!ensa

Habiendo transcurrido el plazo para la declaración de candidaturas, no es aventurado presagiar que en abril tendremos que escoger, entre una centena de nombres, a los próximos concejales, alcaldes, gobernadores regionales y convencionales constituyentes.

Ante este escenario, cabe preguntarnos si la elección conjunta de tantas autoridades conlleva el riesgo de terminar con un proceso electoral en el que prime un voto desinformado. A fin de cuentas, la lluvia de nombres dificulta en demasía una adecuada ponderación de propuestas. La sobrecarga de información deviene, en último término, en desinformación.

El meollo de la cuestión se reduce más bien a las elecciones de concejales y convencionales constituyentes, pues en los otros casos ya operó un mecanismo de filtro a través de las primarias celebradas en noviembre. Pues bien, tomando en consideración la importancia histórica del proceso constituyente, la pregunta se puede reformular de la siguiente manera: ¿Será difícil escoger a un convencional constituyente entre un listado tan extenso?

Tendemos a creer que las decisiones que tomamos a diario surgen de una reflexión reposada, pero lo cierto es que nuestras elecciones, en su mayoría, obedecen a cuestiones más bien intuitivas.

En su célebre libro “Pensar rápido, pensar despacio”, el psicólogo ganador del premio nobel de economía, Daniel Kahneman, describe dos tipos de sistemas en base a los cuales nuestra mente toma decisiones. El “sistema uno”, heredado luego de un proceso evolutivo de miles de años, elige cursos de acción de forma instintiva. La mayoría de nuestras elecciones surgen espontáneamente de aquel -éste opera, por ejemplo, para resolver la suma de 2 + 2 o para completar el dicho “más vale pájaro en mano…”-. Por otro lado, tenemos el “sistema dos”, el cual toma decisiones que requieren de mayor reflexión, como aprender un idioma o resolver una ecuación matemática compleja. El problema del primer sistema es que a veces erra debido a su inmediatez y a su funcionamiento a través de información parcial. El sistema dos, en cambio, requiere mayor gasto energético y tiempo de respuesta, aunque tiene mayor porcentaje de acierto.

¿Qué tiene que ver esto con las elecciones? Por más extraño que parezca, hay estudios que sugieren que nuestras opiniones respecto a asuntos políticos se relacionan mayormente con el sistema uno -rápido, intuitivo y poco reflexivo-. Con muy poca información somos capaces de emitir un juicio inmediato sobre la idoneidad de una persona o la gestión de un gobierno. Ello se debe a que nuestra mente llega de inmediato a una conclusión a través de algún sesgo de confirmación.

Si lo dicho anteriormente es cierto, es probable que la elección de un convencional constituyente sea más sencilla de lo que parece. Entre los “atajos cognitivos” que guían la decisión, quizás el más decisivo sea la ideología que representa el pacto electoral al que adscribe el candidato. A algunos electores les bastará conocer el partido político del postulante para formarse una opinión definitiva. Seguramente otros harán filtro por género, rango etario o alguna cualidad específica. El punto es que nuestra mente reduce de entrada el abanico de posibilidades. Eso quizás explica, en parte, por qué las distintas fuerzas políticas parecen inclinarse por rostros de televisión al momento de formar sus listas. Saben que la respuesta intuitiva a su imagen como personaje público tiene mayor peso que la contundencia de su programa político.

En este contexto, es probable que la decisión más difícil recaiga en aquellos electores que de antemano decidan votar por un independiente fuera de pacto. El partido político, factor que permite completar la información sobre la tendencia de una parte importante de asuntos constitucionales -rol del Estado y el mercado, derechos sociales, subsidiariedad, etc.-, no aplica, de modo tal que los independientes deberán otorgar alguna pista que permita activar el pensamiento intuitivo.

En definitiva, y pese a la importancia de los procesos electorales, el ciudadano común no requiere de información acabada para elegir a su representante. Por lo mismo, en los próximos meses veremos una verdadera guerra publicitaria para dejar la mejor impresión sensorial; discursos bonitos y eslóganes pomposos. Quienes logren conectar primero tienen altas probabilidades de llevarse el gato al agua. Por más frívolo que nos parezca, así funciona el cuento.

*Publicada por El Mercurio de Valparaíso el 17 de enero de 2021