No somos un Planeta Miseria

Por Ignacio Aravena, colaborador P!ensa

Master of Urban Planning NYU

En el último capítulo de En Persona de ICARE, el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, mencionó el libro Planeta Misera como uno de sus referentes sobre desigualdad urbana. El autor, un destacado sociólogo e historiador marxista, describe los slums – favelas – y sus problemas en lugares como África, Asia y América. El libro relata cómo los pobladores viven en condiciones de segregación, carentes de servicios, con informalidad laboral y crímenes, entre otros. A pesar de lo similar que parezca en primera instancia, este relato guarda algunas diferencias con la realidad chilena, siendo una referencia poco precisa.

La obra es engloba los problemas de los campamentos sin reconocer el rol de las dinámicas y políticas locales, por lo que es genérica. En particular, al compararlo con Chile, el libro tiene dos diferencias: hemos reducido abruptamente el déficit habitacional y de pobreza en las últimas décadas y somos un país altamente urbanizado. Ello difiere con otros territorios citados, incluso latinoamericanos, donde pueblos enteros sufren las consecuencias de un desarrollo urbano y habitacional precario.

Un ejemplo de lo anterior es que, de acuerdo con la última CASEN, la tasa de pobreza ha caído, desde los años 90 a la fecha, de casi un 50% a menos del 10%; similarmente, el déficit habitacional ha decrecido a casi la mitad en el mismo periodo. A lo anterior, se suma que la mayoría de la población tiene acceso a servicios básicos y a políticas que buscan fomentar la integración social, lo cual no sucede tradicionalmente en los slums denunciados en Planeta Miseria. Gracias a ello, Chile ha sido reconocido como un referente innovador respecto a políticas habitacionales.

Por supuesto que estos hitos no significan necesariamente que el problema de la vivienda esté resuelto. De hecho, tanto la Comisión Nacional de Desarrollo Urbano como el MINVU, han reconocido que la segregación urbana es uno de los principales problemas en las ciudades chilenas. Ello ha motivado a discutir nuevas herramientas de inclusión que van más allá de la provisión de viviendas como, por ejemplo, la creación del banco de suelos y buscar una planificación urbana más activa para desarrollar proyectos integrados socialmente.

No tengo dudas de la buena intención del alcalde Sharp, pero su diagnóstico carece de evidencia empírica y fundamentos sólidos. Hoy es cuando más debemos implementar políticas públicas que reconozcan la complejidad de nuestras ciudades y que vayan más allá de slogans aparentemente populares e ideológicos. La buena noticia es que aún es tiempo de tener un debate serio y sin soluciones genéricas para ayudar a quienes más lo necesitan.

* Publicado por La Segunda el 21 de agosto de 2020