Nueva y buena política

Por Juan Pablo Rodríguez O.

Director ejecutivo Fundación P!ensa. Abogado y profesor PUCV

De los resultados de “Tenemos que hablar de Chile” –iniciativa conjunta de las universidades Católica y de Chile nutrida por 3.000 diálogos entre cerca de 9.000 personas representativas de la realidad nacional- es posible concluir que la ciudadanía demanda cambios que le permitan mayor estabilidad en su vida pero que están alejados de nociones radicales o refundacionales, salvo en lo que dice relación con la política, donde se anhela un cambio profundo y urgente.

Se percibe la política como un sistema cerrado que no responde a los problemas de la ciudadanía, entrampándose en sí misma y siendo funcional a los políticos y no a las personas.

Esto es consistente con las últimas elecciones: el 79% optó por una composición de la CC que no incluyera parlamentarios; 103 de los 155 convencionales elegidos no tienen militancia; se pasó de 52 a a 105 alcaldes independientes; en la primaria de centroderecha ganó la única alternativa sin militancia y en la de AD se impuso al PC un candidato de 35 años que representa la renovación.

A su vez, distintos estudios dan cuenta del divorcio entre la ciudadanía y los partidos. Si en 1990 el 80% se identificaba con algún partido el 2019 sólo lo hace el 14% (Encuestas CEP); en nuestra Región el 94% tiene “nada o poca” confianza en el Congreso y el 85% asocia a los partidos a corrupción (Encuestas P!ensa 2020); y al 2019 sólo un 2% de la población confía en los partidos (Encuesta CEP).

Este fenómeno tiene una componente global vinculada, en parte, a que internet y las redes sociales han puesto en entredicho el clásico rol de intermediación de los partidos. Hoy la ciudadanía más que ser escuchada reclama ser co-partícipe de la solución de los problemas públicos y los partidos, resistiendo la tentación de instrumentalizar a las organizaciones de la sociedad civil que tienen sus fines propios, deben replantearse para poder cumplir con ese propósito.

A su vez, hay elementos que han hecho que en nuestro país esta crisis sea especialmente intensa, donde los escándalos por financiamiento irregular de la política y la cada vez menor estatura moral e intelectual de la mayoría de nuestros políticos parece tener un rol preponderante.

Ahora bien, los partidos son insustituibles en nuestra democracia. Son el vínculo entre la ciudadanía y el Estado y, cuando están institucionalizados, expresan de modo consistente las preferencias de las personas, agregando y traduciendo las demandas sociales en programas de gobierno. La salud de nuestra economía y la posibilidad de retomar el progreso tiene que ver con la estabilidad de nuestras instituciones y de nuestro sistema de partidos, antídoto contra el caudillismo.

Si la política y los partidos no cambian corren el riesgo de tornarse irrelevantes y poner en entredicho nuestra democracia.

En primer lugar, deben oxigenarse, abriendo sus pactos para que quienes suscriben sus visiones pero no militan puedan competir, renovando sus cuadros y el escenario político. Esto también es responsabilidad de la ciudadanía que debe promover que buenas personas de distintos ambientes entren a la política y debe procurar “no meter a todos en el mismo saco”, reconociendo a los políticos que hacen bien su trabajo.   

En segundo término, deben priorizar la modernización del Estado y la descentralización, para tener un Estado eficiente al servicio de las personas que tome las decisiones cerca de donde ocurren los problemas.

En tercer lugar, deben hacer realidad el mantra de tolerancia cero a la corrupción. El 85% de nuestra región percibe que en Chile ésta es alta o muy alta y es el quinto principal problema a solucionar por el Gobierno (Encuesta P!ensa 2020). Esto debe ser acompañado por sanciones cada vez más duras para los delitos de cuello y corbata que, de modo similar a la corrupción política, contribuyen a horadar la legitimidad del sistema y abonan la tensión abusadores/abusados muchas veces instrumentalizada por grupos radicales.

En cuarto término, deben combatir la creciente demagogia que ha transformado nuestra política en un concurso de simpatías, repleta de ofrecedores de imposibles afanados en su reelección y el momento presente, sin mayor preocupación por el futuro. Si la política es replicar la supuesta opinión mayoritaria que se expresa en encuestas, mejor cambiemos a nuestros políticos por computadores que harán esa tarea de modo más eficiente. 

Chile necesita una nueva política. Pero no basta con cambiar las caras.  Esta nueva política tiene que ser buena: preparada, eficiente, proba y responsable. Debe tener la estatura moral e intelectual necesaria para comprender que Chile nos precede y nos supera y que para avanzar se requiere seriedad, humildad y generosidad.

Parace actual el consejo que diera Václav Havel previo a las elecciones en Checoslovaquia en 1990: “Lo que ahora importa de verdad no es qué partido, qué club o qué grupo prevalecerá en las elecciones. Lo importante es que los ganadores sean los mejores de entre nosotros, en el sentido moral, cívico, político y profesional, sea cual sea su afiliación política. Las políticas y el prestigio futuros de nuestro Estado dependerá de las personalidades que seleccionemos y elijamos después para nuestros órganos representativos”.

* Publicada por El Mercurio de Valparaíso el 29 de julio de 2021